domingo, 25 de agosto de 2013

Erika

 
 
Apoyado en la barra del chiringuito, tomaba unas cervezas con mi amigo Víctor. Nos divertíamos mirando el trote al que los caminantes se veían obligados para no quemarse los pies en la arena, abrasada al sol del mediodía. Había muchos turistas del norte de Europa, se distinguían fácilmente, rojos como gambas tras unos días en la playa. Las mujeres —inglesas, alemanas, holandesas...— ya no solían provocar el interés de antaño, cuando su soltura y desinhibición fue una novedad en este país. La mayoría de ellas, algo entradas en años y en carnes, lanzaban más miradas de las que recibían.

—Mira a ésas —me avisó Víctor, socarrón, señalando con un gesto de la cabeza.

Tres mujeres de mediana edad avanzaban por la arena, aún tibia cerca de la orilla, hacia donde nos encontrábamos. Unos pasos más adelante, el fuego en los pies las obligó al conocido baile. La más gruesa —parecía también la más joven— se reía divertida mientras sus pechos se bamboleaban dentro y fuera del minúsculo sujetador. Solté una carcajada y ella, ya bastante cerca, me miró con la picardía de una niña traviesa. Las tres corrieron hacia la sombra que ofrecía el toldo del chiringuito. Con alivio al pisar suelo fresco, recompusieron su aspecto antes de pedir unas bebidas. Estaba seguro de que no fue casual que la gorda se pusiera a mi lado. Noté a Víctor incómodo. De cerca descubrí detalles en los que antes no me había fijado: algunas estrías en el vientre, las axilas sin depilar al estilo de los países nórdicos... Pero sus redondeces me tenían encandilado. Inesperadamente sentí una fuerte erección, imposible de disimular en el bañador. Ella se dio cuenta. Al estirarse para alcanzar una servilleta de papel rozó con la pierna mi pene, más erecto que nunca. Tuve que concentrarme para no eyacular.

Una hora después nos duchábamos juntos en el apartamento que las tres mujeres habían alquilado. Ella chapurreaba:
—Los espanioles mucho calientes...
Después de desfogar mi excitación, yo no sabía qué decir, ni qué hacer. Pero no quería ser grosero, había sido amable y cariñosa.
—Eres muy dulce, Erika, fantástica.
Con los párpados entornados, sonrió y me dio un beso en el pecho.
—He de marcharme ya, entro a trabajar dentro de media hora. —Me excusé.
—¿No vacaciones, tú? —Al parecer había supuesto que yo sería un veraneante más.
—No, yo trabajo aquí, en el ayuntamiento —mentí.
—¿Nosotros vernos más tarde?, ¿mañana? Estaré dos semanas más en playa.
Me dio apuro negarme y nos citamos para el día siguiente, en el mismo sitio y hora. Ella entendería que no me presentara y, si por casualidad coincidiésemos de nuevo en cualquier parte, siempre podría aducir algún imprevisto y salvar la cara.

Por la tarde encontré a Víctor en el bar de costumbre. Se mofó nada más verme.
—Si me invitas a un trago no se lo contaré a nadie. —Y rió a carcajadas. —Está bien, un calentón es un calentón —dijo, comprensivo. Levantó su copa:— ¡Por las gordas cachondas!
—Vete a la mierda. —Empezaba a molestarme la guasa.
—Si hubieras esperado un poco, macho... Te perdiste lo mejor del verano, ¡qué tías! Antoñito, que no aprendes...
Nos miramos y nos echamos a reír.
—¡Por las gordas! —completé el brindis. —¡Y he quedado con ella para mañana! —dije como un chiste. Víctor lloraba de risa.

Al día siguiente me mantuve lejos del lugar de la cita. El recuerdo de Erika me provocaba sentimientos contradictorios: en parte me excitaba y en parte hacía que me sintiera avergonzado. Entre una cosa y otra, aquella mujer estuvo en mi cabeza toda la mañana. Después de pasar por la piscina y de deambular por el barrio de pescadores me encontré sin pensarlo caminando hacia el chiringuito. Era casi mediodía cuando llegué y pedí una cerveza. De Erika no había rastro pero pude distinguir cerca de la orilla a una de las acompañantes del día anterior tomando el sol junto a un hombre canoso.

Ya pasaba bastante de la hora convenida, yo había perdido la cuenta de las cañas tomadas y ella seguía sin aparecer. Bah, me decía a mí mismo, mejor que no venga, esa tía es un callo. Pero seguía inquieto y no dejaba de mirar a todos lados. Entonces la vi, caminando con un muchacho de mi edad. Se acercó mientras su acompañante la esperaba.
—Lo siento, carriño, pero él es lo más... —Y volvió a lucir su sonrisa de niña traviesa.

Me lanzó un beso volado cuando se alejaban.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2013

4 comentarios:

Beth dijo...

"Mira muchacho, como dicen en mi tierra... ¡te cae al pelo!",le diría a ese protagonista, por mofarse de las redondeces femeninas, por su falta de ducación y escrúpulos... ahora en serio, me gusta la sinceridad que transmite el relato,ya que no oculta la verdadera naturaleza del machito ególatra que se lleva una buena leche ( por no decir otra cosa) por chulesco y verdulero. Ojo y que se ponga a la sombra, no vaya a ser que tanto calentón le derrita tanto el sexo como el seso que debe ser poquito y arrugao, tanto uno como otro, ya que la reacción de Erika no transmite otra cosa.¡Buena lección señora!
¡Abrazos veraniegos!

Panchito dijo...

Gracias por la opinión, Beth. Has captado perfectamente la historia.

Abrazos, ya otoñales.

La misma... dijo...

Malditas todas! :P


cariñuuusssss! ;)

mario a. dijo...

una historia pasada por agua de mar....


de esas que oímos pero en versión masculina...

saludos.

mario a