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sábado, 16 de mayo de 2015

El gusanito

Tras todo el día arrastrándome arriba y abajo, llegué a la lechuga. La olí y mordisqueé con precaución. Tal como había imaginado, estaba crujiente y deliciosa, mucho más que las hojas del árbol que había abandonado. Como ya oscurecía, me acurruqué cerca del cogollo para pasar la noche.
 
Con los primeros rayos del sol, estiré las patas y me lancé sobre una de las hojas más tiernas, casi blancas. La perforé cerca del centro y fui mordiendo de modo regular, dejando un agujero de bordes festoneados cada vez mayor. En uno de los bocados noté algo viscoso. Dos cuernecillos asomaron por el agujero:
—¿Qué haces? ¡Me has mordido...! —Se quejó el caracol.
—Disculpe, señor caracol, no lo había visto. —Me excusé—. Ya lo ve, estoy comiendo esta hoja tan jugosa... ¿Usted no come? Está muy buena.
—Hoy haré dieta, esta noche he ido un poco suelto... —El caracol se deslizó hasta ponerse a mi lado. Me miraba con curiosidad, moviendo sendos ojillos que remataban cada uno de los dos cuernos—. Pero ¿tú no eres un gusanito de seda?
—¿Yo...? No lo sé. Todos mis hermanos están allí, en aquel árbol de hojas ásperas y malolientes. —Señalé la morera.
—Y allí deberías estar tú también. No tengo duda de que eres un gusano de seda, y aquella es tu comida, no ésta. Harías bien en volver allí si no quieres tener problemas. —Y, muy despacio, el caracol se fue deslizando hacia otra hoja, sin despedirse.
Seguí a lo mío, saboreando en cada mordisco aquel manjar recién descubierto. El esfuerzo había valido la pena. Estaba a punto de terminar la hoja cuando pasaron a mi lado dos mariquitas. Caminaban rápidamente, como si tuvieran prisa, y apenas me prestaron atención. Alcancé a oír algo de lo que hablaban:
—¿No es éste un gusano de seda?
—Lo es. Si come lechuga se le van a secar los sesos. Allá él, no es cosa nuestra.
¡Qué sabrán esas mariquitas!, esto está buenísimo, me dije. Empezaba a sentir la panza llena, pero aún cabría algún bocado más, por lo que me moví a otra de las tiernas hojas y seguí mordisqueando. Una fila de hormigas se cruzó conmigo. Eran muchas, y cada una me decía algo diferente:
—Gusanito...
—...si comes lechuga...
—...te quedarás ciego...
—...se te hinchará la panza...
—...te saldrá rabo...
—...te volverás tonto...
—...te quedarás cojo...
—...se te caerá la piel a tiras...
Y siguieron pasando y haciéndome terribles predicciones. Yo me decía: ¡qué sabrán estas hormigas ignorantes!, siempre unas detrás de otras. Algo tan delicioso no puede ser malo. Unos días después se me hinchó la panza, empezó a caer la piel a tiras y me asusté. ¿Tendrían razón las hormigas? Pero debajo de aquella piel apareció otra más bonita, y no hice más caso.
 
Seguí comiendo y comiendo día tras día, hasta que de pronto un hilo muy fino que salía de algún lugar cerca de mi cola empezó a envolverme. Yo no sabía qué era aquello, pero tenía tanto sueño que me acurruqué sin moverme, hasta sentir que estaba completamente envuelto en una capa muy suave y amarillenta. Después, debí de quedar dormido.
 
Cuando desperté, no me reconocí. Mi cuerpo, antes largo y delgado, era entonces una bola rechoncha y peluda, con unas alas demasiado pequeñas para algo tan pesado. Sentí que me asfixiaba y mordí con furia la capa suave y amarilla para escapar de mi prisión. Avancé unos pasos y me quedé, ciego e inmóvil, sobre los restos de la hoja que días antes había empezado a mordisquear.
 
Llevo así tres días. Soy incapaz de probar bocado y de moverme. Sólo espero no sé qué, pero no llega. Siento un ansia que no comprendo, la necesidad de estar con mis hermanos, mas las fuerzas me abandonan a cada hora que pasa y se me hace imposible volver al árbol donde sé que ellos están. Recuerdo ahora las advertencias de las hormigas sabias y me pregunto por qué ninguna me advirtió: Te quedarás solo.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015

domingo, 22 de junio de 2014

El ka


Vi a Ernesto tan hundido que pensé que no saldría adelante. Por eso, le pedí a mi amiga Gloria que echara al correo una carta seis meses después de que yo me hubiera ido.

Casi se cae de espaldas al reconocer mi letra. Le rogaba que rehiciera su vida, que no debe quedarse solo, que yo hubiera hecho eso mismo…

Lo que yo no podía imaginar es que los antiguos egipcios tenían razón y mi ka andaría algún tiempo vagando por aquí. Y tampoco sabía que mi amiga Gloria es una lagarta de cuidado. Y ahora, desde que convencí a Ernesto con la maldita carta, he de verlo a diario andar tras ella como un tortolito, mientras Gloria luce las joyas que una vez fueron mías y yo me muerdo las uñas de este jodido ka esperando el juicio de Osiris, en algún lugar entre la vida y la muerte.

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2012

jueves, 20 de marzo de 2014

La decisión

Pocos días antes de mi octogésimoquinto cumpleaños recibí una carta, un acontecimiento poco frecuente. Hacía mucho tiempo que casi toda la correspondencia de la ciudad circulaba por correo electrónico. El sobre provenía de la Oficina de Bienestar Global de mi distrito y sólo contenía una cuartilla que era una simple citación: Le rogamos se presente en estas oficinas antes de treinta días a partir del recibo de esta nota. Nuestro horario es..., etc.
 
A mi edad tengo pocas obligaciones que atender y mucho tiempo libre, el plazo me venía largo, así que al día siguiente me puse el traje de los domingos, tomé mi bastón de caoba con empuñadura de titanio y me encaminé a la citada oficina.
 
Paseando bajo el tibio sol de las primeras horas de la mañana, me esforzaba en alejar la inquietud que la citación me había producido. ¿Qué podrían querer de mí en la oficina de bienestar? Supuestamente el Departamento de Bienestar Global vela por cubrir las necesidades de las personas con problemas pero yo, aunque vivía solo, no tenía problemas, al menos no del tipo en el que los políticos puedan meter la nariz.
 
Ya cerca de mi destino compré el diario en el único quiosco superviviente de la zona y lo guardé bajo el brazo, en previsión de una probable y quizá larga espera. Recorrí con paso decidido los últimos metros y entré en el edificio.
 
Apenas habría diez personas en el vestíbulo, todas ellas sentadas, dispersas, en unos asientos con acabado de imitación a madera. Tal como había imaginado, la atención al usuario estaba automatizada. Me dirigí a uno de los grandes monitores de cristal líquido del punto de información. La imagen de una muchacha sonriente, que no paraba de hacer muecas que pretendían ser gestos amables, me revolvió el estómago. Una voz femenina, sensual y melodiosa salió de alguna parte:
 
Coloque su dedo pulgar derecho sobre la zona marcada, en la parte inferior de la pantalla, por favor.
 
Seguí la indicación y al momento la muchacha sonriente desapareció para dejar paso a una ficha personal que contenía mis datos.
 
Le rogamos que confirme su identificación pulsando el botón verde; si es errónea, pulse el rojo.
Toqué el botón verde y la empalagosa muchacha de las sonrisitas reapareció en el monitor. Unos segundos después la voz volvió a darme instrucciones.
 
Espere en el sillón número veintiuno. Una de nuestras azafatas se encargará de su caso lo antes posible. El Departamento de Bienestar Global le agradece su visita. Que tenga un buen día.
Agarrando el diario como un salvavidas caminé hacia la zona donde se alineaban los asientos. Localicé el número veintiuno, me senté en él y me dispuse a soportar estoicamente la tortura de una larga espera. Afortunadamente mis temores resultaron infundados; aún no había terminado de ojear la portada cuando se acercó a mí una mujer bastante gruesa que rondaría la cincuentena. No daba la imagen que yo tenía de una azafata pero ésa parecía ser su función.
—Buenos días. Señor Campos, ¿verdad? Sígame, por favor.
Su voz auténtica y su actitud amable derrumbaron mis prejuicios al instante. Caminé tras ella por un vericueto de pasillos hasta una puerta de cristal translúcido. Golpeó con los nudillos antes de abrir invitándome a pasar.
—Don Vicente Campos —anunció y, dirigiéndose a mí, añadió con simpatía— ¡Que tenga suerte! Volveré a recogerlo cuando terminen.
Todos los temores que antes había logrado conjurar se agolparon en mi mente en ese momento. ¿Por qué me habría deseado suerte?
 
La pieza era un pequeño despacho con una mesa blanca de escritorio, dos sillas frente al sillón del anfitrión y absolutamente nada más. El hombre que lo ocupaba se alzó unos centímetros de su asiento a modo de saludo.
—Siéntese, ¿quiere? —invitó.
Lo hice, y me quedé mirándolo con cara de "usted dirá…". Él era muy joven. Noté que estaba tenso. Sonrió nerviosamente y comentó algo banal, no recuerdo qué. Saqué del bolsillo interior de mi chaqueta la nota que había recibido y la puse sobre la mesa.
— ¿Quería usted verme? He recibido esta carta…
El joven se puso serio y adoptó un aire solemne antes de contestar.
—Verá, señor Campos, el motivo de su presencia aquí es que, según nuestro archivo, usted ha cumplido ochenta y cinco años… Y aún no ha tomado la decisión —explicó en voz tan baja que apenas pude oírlo.
—¿La decisión? ¿Qué decisión? —Yo estaba verdaderamente intrigado.
—Verá, señor Campos —repitió—, hace unos años, el Gobierno decidió ampliar los servicios a la ciudadanía en un tema muy sensible, pero muy delicado también. Durante décadas la Salud Pública se ocupó de la vida, pero muy poco de la muerte. Los progresos médicos permitieron alargar la vida de los ciudadanos y ciudadanas; no sólo alargarla, también darle calidad y bienestar. Pero eso tiene un límite, que habíamos sobrepasado ampliamente. La consecuencia fue que muchos enfermos y ancianos se veían abocados a una tortura insufrible en sus últimos años. La Medicina había llegado demasiado lejos con ellos, no podía curarlos pero tampoco les permitía morir y vivían una especie de lenta agonía durante largo tiempo. Por otra parte, los costes de todo ese esfuerzo inútil, peor aún, perverso, eran enormes.
— ¿Y qué tiene eso que ver conmigo y con la decisión que dice que he de tomar? —interrumpí. Yo no comprendía para qué me estaba contando todo aquello.
—Déjeme que le explique… Cuando el Gobierno decidió intervenir en esta situación, hace ocho años, en el 2016, se creó un servicio de Eutanatología en todos los hospitales generales del Estado. Cuando algún paciente sobrepasa los límites de una vida aceptablemente soportable, sus médicos lo dirigen a ese servicio. Allí se le informa de su derecho a una muerte digna, rápida, sin sufrimiento ni dolor, se le propone el ingreso definitivo y el paciente decide. A algunos les cuesta, el instinto de supervivencia es potente, pero en general se impone el sentido común y acaban accediendo.
—No puedo creer que esté usted proponiéndome que yo decida morir… ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Acaso me ve decrépito? Es la situación más absurda en la que me he encontrado en toda mi vida —protesté, con sarcasmo.
—No se enoje, señor Campos, y déjeme terminar. Hace unos dos años se hizo una revisión sobre el funcionamiento de este sistema y se detectaron varios fallos; el principal, que por algún motivo muchas de las personas candidatas a recibir este servicio nunca llegaban a contactar con él. Un apego irracional a la vida, a cualquier precio, o un malentendido amor de la familia o, en ocasiones, intereses creados, este tipo de factores interferían en el buen funcionamiento del proyecto. Entonces se decidió que los enfermos con determinadas dolencias y todas las personas a partir de la edad de ochenta y cinco años deberían, anualmente, si tenían buen uso de sus facultades mentales, entrevistarse con un psicólogo y después decidir por sí mismas si querían seguir viviendo o no. Y ésa es la finalidad de esta entrevista, que usted tome esa decisión.
—Así que es usted psicólogo... —deduje—. ¡Qué extraño!, leo la prensa todos los días y no recuerdo nada sobre lo que acaba de explicar.
—Ya le he dicho que el tema es sensible y delicado. No se ha hecho nada para informar a la población en general, pensamos que hacerlo sólo daría problemas. —El funcionario puso frente a mí un impreso—. Ha de rellenar este cuestionario y firmar debajo. Eso es todo.
Se trataba de marcar las casillas pertinentes en una serie de preguntas sobre mi salud, el tipo de vida que hacía, mis relaciones familiares y hasta mis ingresos mensuales. Y al final, la decisión, planteada en estos términos:
 
¿Desea usted que el Estado lo/la ayude a terminar drásticamente con sus dolencias, con los mejores medios que la Medicina puede ofrecer en este momento? Y dos opciones: SI/NO.
 
—Pero aquí no dice nada de eutanasia… —señalé.
—Intentamos no herir ninguna sensibilidad. Cualquiera entiende que ese final drástico no puede ser otro.
Marqué NO, firmé la hoja y la devolví al joven, que la guardó en un cajón sin mirarla.
—¿Lo ve usted?, no era tan difícil. Ya está. El año próximo, más o menos por estas fechas, volveremos a vernos. —Se levantó de su silla para despedirme y nos estrechamos la mano—. Que tenga un buen día, señor.
 
La azafata apareció en la puerta como por arte de magia y me dispuse a seguirla hasta la salida. Mientras caminaba tras ella me crecía la sensación de haber caído en una trampa, no estaba seguro de no haber firmado mi condena a muerte. En ese momento empecé a darme cuenta de que había renunciado por escrito a la ayuda médica del Estado. Pero me daba igual, ya sólo quería salir de aquel asfixiante lugar cuanto antes.
© Fernando Hidalgo Cutillas - 2010

viernes, 25 de octubre de 2013

Hora punta

  Es hora punta en el Metro de Madrid. Espero el convoy en el andén lleno de gente. Ya se oye llegar, el tren está a punto de hacer su entrada. Algunos viajeros se acercan a la vía, preparándose para subir. Entre ellos, una mujer de mediana edad que lleva una gran bolsa de plástico, de las que se usan para la basura. Por un instante nos miramos y lo veo en sus ojos : ¡va a saltar! La sujeto con fuerza por el brazo.
—¡Espera! ¡No! ¡No!
Ella me mira con furia y forcejea.
—¡Déjame, déjame!
Un hombre me sujeta por el hombro.
—¿Qué hace? ¡Déjela!
Dos ancianas me miran con recelo y escapan como de un apestado subiendo al tren, que ya ha abierto las puertas. Suelto a la mujer, y ella se pierde en el vagón sin mirar atrás. El hombre que me sujetó me empuja y pasa a mi lado, con aire amenazador. Un joven me mira de soslayo y aconseja al subir:
—Con violencia no se arregla nada. Ya volverá.
Clavado en el andén vacío, veo al tren arrancar. Tras los cristales que se alejan noto el peso de algunas miradas, severas todavía. Me siento como si me hubieran linchado. Como un idiota.
 
  Un nuevo gentío se amontona a mi alrededor. Ninguno de ellos ha visto nada y me tranquilizo. Soy uno más. En pocos minutos llega el tren siguiente. Subo y busco un lugar a salvo de empujones. Casi todo el mundo juega con sus teléfonos móviles, sin prestar atención a los demás. Unos pocos leen el periódico; una mujer sostiene un libro abierto en la mano, creo que es una novela. Ya estamos llegando a la próxima estación, algunos se disponen a bajar. De pronto suena un golpe sordo y un grito de horror en el andén, que surge al unísono de la multitud que lo abarrota. Cuando el vagón se detiene y abre las puertas, una bolsa de plástico ha quedado en el suelo.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2013
 
 

domingo, 25 de agosto de 2013

Erika

 
 
Apoyado en la barra del chiringuito, tomaba unas cervezas con mi amigo Víctor. Nos divertíamos mirando el trote al que los caminantes se veían obligados para no quemarse los pies en la arena, abrasada al sol del mediodía. Había muchos turistas del norte de Europa, se distinguían fácilmente, rojos como gambas tras unos días en la playa. Las mujeres —inglesas, alemanas, holandesas...— ya no solían provocar el interés de antaño, cuando su soltura y desinhibición fue una novedad en este país. La mayoría de ellas, algo entradas en años y en carnes, lanzaban más miradas de las que recibían.

—Mira a ésas —me avisó Víctor, socarrón, señalando con un gesto de la cabeza.

Tres mujeres de mediana edad avanzaban por la arena, aún tibia cerca de la orilla, hacia donde nos encontrábamos. Unos pasos más adelante, el fuego en los pies las obligó al conocido baile. La más gruesa —parecía también la más joven— se reía divertida mientras sus pechos se bamboleaban dentro y fuera del minúsculo sujetador. Solté una carcajada y ella, ya bastante cerca, me miró con la picardía de una niña traviesa. Las tres corrieron hacia la sombra que ofrecía el toldo del chiringuito. Con alivio al pisar suelo fresco, recompusieron su aspecto antes de pedir unas bebidas. Estaba seguro de que no fue casual que la gorda se pusiera a mi lado. Noté a Víctor incómodo. De cerca descubrí detalles en los que antes no me había fijado: algunas estrías en el vientre, las axilas sin depilar al estilo de los países nórdicos... Pero sus redondeces me tenían encandilado. Inesperadamente sentí una fuerte erección, imposible de disimular en el bañador. Ella se dio cuenta. Al estirarse para alcanzar una servilleta de papel rozó con la pierna mi pene, más erecto que nunca. Tuve que concentrarme para no eyacular.

Una hora después nos duchábamos juntos en el apartamento que las tres mujeres habían alquilado. Ella chapurreaba:
—Los espanioles mucho calientes...
Después de desfogar mi excitación, yo no sabía qué decir, ni qué hacer. Pero no quería ser grosero, había sido amable y cariñosa.
—Eres muy dulce, Erika, fantástica.
Con los párpados entornados, sonrió y me dio un beso en el pecho.
—He de marcharme ya, entro a trabajar dentro de media hora. —Me excusé.
—¿No vacaciones, tú? —Al parecer había supuesto que yo sería un veraneante más.
—No, yo trabajo aquí, en el ayuntamiento —mentí.
—¿Nosotros vernos más tarde?, ¿mañana? Estaré dos semanas más en playa.
Me dio apuro negarme y nos citamos para el día siguiente, en el mismo sitio y hora. Ella entendería que no me presentara y, si por casualidad coincidiésemos de nuevo en cualquier parte, siempre podría aducir algún imprevisto y salvar la cara.

Por la tarde encontré a Víctor en el bar de costumbre. Se mofó nada más verme.
—Si me invitas a un trago no se lo contaré a nadie. —Y rió a carcajadas. —Está bien, un calentón es un calentón —dijo, comprensivo. Levantó su copa:— ¡Por las gordas cachondas!
—Vete a la mierda. —Empezaba a molestarme la guasa.
—Si hubieras esperado un poco, macho... Te perdiste lo mejor del verano, ¡qué tías! Antoñito, que no aprendes...
Nos miramos y nos echamos a reír.
—¡Por las gordas! —completé el brindis. —¡Y he quedado con ella para mañana! —dije como un chiste. Víctor lloraba de risa.

Al día siguiente me mantuve lejos del lugar de la cita. El recuerdo de Erika me provocaba sentimientos contradictorios: en parte me excitaba y en parte hacía que me sintiera avergonzado. Entre una cosa y otra, aquella mujer estuvo en mi cabeza toda la mañana. Después de pasar por la piscina y de deambular por el barrio de pescadores me encontré sin pensarlo caminando hacia el chiringuito. Era casi mediodía cuando llegué y pedí una cerveza. De Erika no había rastro pero pude distinguir cerca de la orilla a una de las acompañantes del día anterior tomando el sol junto a un hombre canoso.

Ya pasaba bastante de la hora convenida, yo había perdido la cuenta de las cañas tomadas y ella seguía sin aparecer. Bah, me decía a mí mismo, mejor que no venga, esa tía es un callo. Pero seguía inquieto y no dejaba de mirar a todos lados. Entonces la vi, caminando con un muchacho de mi edad. Se acercó mientras su acompañante la esperaba.
—Lo siento, carriño, pero él es lo más... —Y volvió a lucir su sonrisa de niña traviesa.

Me lanzó un beso volado cuando se alejaban.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2013

jueves, 17 de enero de 2013

Bajo el tilo

      Hola, Julia. Aquí estoy otra vez. Deja que me siente, que me fatigan la cuesta y los años. Son bonitas estas flores, no sé quién te las habrá traído ni quiero saberlo, pero me gustan.
      De camino he pasado por el parque donde te conocí, ¿recuerdas? Claro que lo recuerdas, ¡cómo podrías olvidarlo...! Fue una tarde de septiembre, ya anochecía y tú estabas sentada en uno de los bancos, abanicándote con gracia. Te vi desde lejos, mucho antes de que tú me vieras, y me dije ¡vaya mujer! No sé cómo me atreví a sentarme a tu lado. ¿Me permite...? Me miraste con desdén. El banco es de todos, respondiste. Eso me gustó. No te rías, no; es la verdad. Bueno, ríe todo lo que quieras porque yo debía de parecer un pasmado, sin saber qué decir. Si hubieras leído mis pensamientos aún te reirías más. Hace calor... No, no hables del tiempo que es estúpido. ¿Está esperando a alguien, señorita? Lo más seguro que me hubieras respondido: "Y a usted qué le importa", o algo peor. Y entonces llegó el bendito niño con el balón y te golpeó en la espalda. ¿Le ha hecho daño? ¡Niño, deja ya de joder con la pelota! Y así empezamos.
      He visto el tilo en el que grabamos nuestros nombres. Aún están allí, donde nos prometimos amor eterno, siempre uno para el otro. Nada ni nadie podría separarnos. Tú no cumpliste pero yo sí. Ya ves que cada tarde acudo puntualmente a sentarme en la losa que te cubre. No hay más mujer en mi vida que tú, puedes estar segura.
      Hoy vengo disgustado porque hay máquinas trabajando en el parque, se ve que van a remozarlo. Ya han empezado a remover la placeta donde estaba nuestro banco y pronto levantarán los parterres que hay alrededor. Y también el tilo, seguro. Eso me duele, ¿a ti también? Y me preocupa. Me preocupa que al arrancarlo y excavar la tierra encuentren, allí donde lo enterré, el cuchillo todavía ensangrentado.
 

©Fernando Hidalgo Cutillas 2013

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La llave

 
   Lo último que me dijo mi marido por teléfono fue: "María, ¡somos ricos! Ahora te cuento, voy para casa". Y colgó sin dejarme abrir la boca. Pero nunca llegó; un autobús le pasó por encima al cruzar la calle.
   Julián no era hombre dado a aspavientos y me dejó muy intrigada. Pasaron los minutos, las horas y él no regresaba. Maldije su costumbre de no llevar nunca el móvil. Cuando el teléfono sonó de nuevo, era la policía. Me dieron la mala noticia de sopetón. Yo me derrumbé.
 
   Todo en aquellos días me parecía irreal: el tanatorio, el cementerio, la soledad que siguió... Y dentro del dolor que yo sentía, una idea no dejaba de taladrarme la mente: ¿qué quiso decirme Julián el día en que murió? "Somos ricos...". Repasé sus ropas una y otra vez. No sabía qué buscar, ¿un billete de lotería?, ¿un cheque?... Él no era aficionado a los juegos de azar y no tenía más trabajo que el del taller. ¿Estaría metido en algo que yo no supiera? Yo no encontraba explicación, y por más que hurgaba en los bolsillos nada encontré que me sirviera al menos de pista. Hasta llegué a descoser algunas costuras, y nada.
   Desistí, hasta que un día reparé en su llavero. Entre las llaves del portal, del piso, del coche y del garaje, una más pequeña llamó mi atención. Era especial, complicada, yo nunca había visto nada igual. Tuve la intuición de que era la clave del asunto. ¿Sería de una de esas cajas de seguridad que tienen algunos bancos? ¿De alguna consigna? Separé la llave y la guardé como oro en paño.
   No sabía a quién podría yo preguntar. Me asustaba ir a un banco y levantar sospechas consultando a desconocidos. Miré la llave detenidamente y examiné con lupa una pequeñísima inscripción que descubrí en la tija: CRK 1021. Busqué el dato en Internet y hallé algunas coincidencias pero nada que ver con bancos ni cajas. Estaba como al principio.
 
   Una noche de insomnio, ya de madrugada, vi un programa de televisión dedicado al esoterismo. Una médium se ofrecía para consultas a través de un teléfono de pago. La mujer, vestida de modo extravagante, decía: "Usted puede comunicar con los seres queridos que se fueron porque ellos siguen al lado de aquellos a los que amaron. Hoy es día de difuntos y ellos están muy cerca. Llámenos...". El corazón me dio un vuelco. ¡Sí!, ¿por qué no intentarlo?
   Llamé precipitadamente. El teléfono comunicaba una y otra vez, y yo insistí e insistí hasta que alguien respondió. "Quiero hablar con la médium, pero en privado, no en televisión", dije. Me dejaron en espera. Los minutos se hicieron interminables. Por fin la misma voz volvió a hablar: "Ahora ella está en directo, pero puede usted llamar después del programa a este otro número y la atenderá con gusto". Más tarde le conté el caso a Irina, ése era su nombre. Me aseguró que era bien fácil, pero tendría que ir a su casa para una sesión espiritista. También, que ella no cobraba nada por sus servicios pero los elementos necesarios eran caros y correrían por mi cuenta. No puse objeción.
 
   En una mesa redonda ardían velas de distintos colores. Sobre ella, un tablero ouija y unos montones de algo que parecía ceniza. Me invitó a sentarme.
—¿Ha traído la llave, querida?
La puse sobre la mesa.
—Bien, póngala en el centro del tablero y mantenga un dedo sobre ella. Yo no debo tocarla; la contaminaría. Eso es. Ahora dejaremos la sala a oscuras, no tenga miedo...
La mujer sopló las velas una a una y el olor a cera se acentuó hasta marearme. Sólo quedó una muy tenue claridad que parecía provenir de un lugar indeterminado.
—Ahora pondré mi mano sobre la suya y usted debe formular la pregunta que desea que él conteste. En voz bien alta.
—Julián, ¿qué es esta llave? ¿Por qué me dijiste que éramos ricos?
No pasó nada. Irina me animó a repetir la pregunta. Y otra vez.
De pronto, la luz se hizo más intensa y la llave empezó a vibrar y a moverse. Recorría el tablero con velocidad, de una letra a otra: B... B... V... 3.... 1... 3... 7... 3... 2.... 0.... 9. Volvió al centro y se paró.
—Bien, ahí tiene la respuesta, querida. Le dije que él contestaría —presumió la mujer.
—Espere, ¿cómo puedo saber que es mi marido?
—Ya tiene sus datos, ¿no es suficiente? —Irina hizo un mohín de disgusto.
—¿Eres tú, Julián? —me atreví a preguntar.
Entonces sentí una mano subir por mi muslo y hacer a un lado la braguita. Reconocí los dedos de Julián, acariciándome como sólo él sabía.
   Lo demás fue fácil, localicé el banco, la oficina y el número de la caja. Dentro encontré una buena cantidad de dinero.
 
   Ser rica me permite algunos lujos. Por ejemplo, cada miércoles voy a ver a Irina. Nunca le pregunto a Julián de dónde sacó el dinero; la verdad, no quiero saberlo ni me importa. Simplemente pregunto: "¿Eres tú, Julián?".

©Fernando Hidalgo Cutillas 2012

viernes, 2 de noviembre de 2012

15 Relatos de autor

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Sumario:

  • La sirena, por Belén Garrido Cuervo (Pepa)
  • El crisol de los deseos, por Ricardo Durán (Coloso)
  • La elegida, por Lautaro Volpi (Lautaro Volpi)
  • Comiendo diferente, por Maritza Soler (MMS)
  • Amores de sangre, por Antony Sampayo (Ansape)
  • Dos, Tres, Uno, por Eduardo Krüger (Eduardo Pi - Eduardo Krüger)
  • Diario de un suicidio, por José García Montalbán (Josgarmón)
  • Katty, por Blanca Miosi (Blanca Miosi)
  • El libro de la Verdad, por Alejandro López Fernández (Incongruente)
  • Indios y vaqueros, por Milagros García Zamora (milagros)
  • Rezos infantiles, por Jessica Castro (Amine)
  • Osiris, por Juan Antonio Marín (Juanan)
  • Las dos Elenas, por Mario Archundia (pesado67)
  • Jonás, por Mario Archundia (pesado67)
  • La decisión, por Fernando Hidalgo (Panchito)
Una edición del Club de Letras entre Amigos - 2012

lunes, 8 de octubre de 2012

Después, Yavé Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él”. Génesis 2, 18.

ÁNGEL DE LA GUARDA

Meto la leche en el microondas y aprieto el botón. El vaso girará durante un minuto. Un minuto durante el cual, mientras parece que no pasa nada y espero, parpadearé doce veces, inhalaré siete litros de aire, el corazón latirá en setenta ocasiones, produciré ciento cincuenta mil glóbulos rojos y elaboraré un centímetro cúbico de orina. Durante ese minuto fijo la mirada en el cristal del horno y doy vueltas a lo que estoy a punto de hacer. Y a la vez que parpadeo, respiro, fabrico e impulso la sangre, dejo que las dudas giren junto al vaso mientras parece que no pasa nada y espero. Y te oigo llegar al tiempo que el clic del horno pone el mundo en marcha otra vez. Lo que hoy te disgusta es que tome un vaso de leche. Me lo quitas de mala manera, me empujas y te lo tomas de un trago, dejando que parte del contenido resbale por las comisuras de la boca hasta la barbilla. Pese al golpe, bajo la cara y sonrío. Una vez más has impuesto tu voluntad: parece que finalmente hoy no pondré fin a mi vida.

...Y DEJARÉ QUE SE ENFRÍEN ANTES DE SERVÍRSELAS

La poca familia que me queda, mis amigos más cercanos, las vecinas, que me ven acalorada y sin apenas tiempo para nada..., todos me preguntan perplejos que por qué lo hago. Mis hijas han decidido dejarme por imposible. Preguntan, intuyo que hastiadas y desoladas ante la impresión de no reconocer en mí a la mujer orgullosa que aprendieron a respetar, que cómo puedo ser capaz de hacerme cargo de ese hombre que nos abandonó hace treinta años. Yo lo prefiero así. Sin testigos. Él me mira desde su inutilidad y nos entendemos sin palabras, como cuando nos conocimos y me hizo creer que me haría feliz. Me ha dicho el médico que le queda poco tiempo, que su organismo ya estaba devastado por la mala vida cuando sobrevino la parálisis y que parece asunto de un milagro que su corazón siga latiendo. También le parece que algo tendrá que ver este milagro con las extraordinarias atenciones que está recibiendo el enfermo. Yo asiento con la cabeza por no contradecirle pero sé que su corazón se mueve únicamente por la cosa de la inercia. Que respira por costumbre pero no por gusto. Que cuando le acerco la cucharilla con su poco de puré a los labios, a esos labios cuyo recuerdo aún me sigue taladrando, la boca se abre por un movimiento reflejo, ajena a la voluntad de apretarla que reconozco en su dueño. Yo sé que él sabe. Su cabeza está intacta y eso me basta. Ocuparme de su cuerpo maltrecho me está compensando del dolor sufrido durante todos estos años, cuando lo imaginaba acariciado por las manos de otra mujer. Me hace bien prepararle sus platos preferidos y ofrecérselos con una sonrisa. Como hoy. Prepararé croquetas pensando sólo en él... Se las haré redonditas para que las coma de un solo bocado. Pondré al fuego la mantequilla para que se funda, añadiré la harina tamizada para evitar los grumos, nada de sal porque le perjudica, la carne de pollo muy picada, apenas para dar su poquito de sabor, el copito de algodón en cada una...


DECIR BASTA
 
El pescado se ha enfriado sobre las baldosas. Mientras contemplo sus trozos desparramados por el comedor, pienso en que debo buscar unos guantes de goma para recogerlo porque no quiero empaparme los dedos con esa salsa blanquecina y espesa cuyas salpicaduras aparecen por todas partes. Dondequiera que la vista ponga encuentro una gota de aceite, un trocito de cebolla, una mota de perejil…, como si todos y cada uno de los ingredientes estuvieran ahí colocados para recordarme una y otra vez lo que ha sucedido. Como si, más que un guiso, hubieran creado una alianza para pedirme que diga basta. ¡Basta! ¡Basta!... El plato también se ha hecho añicos. Miro a mi alrededor y sé que me afanaré en recogerlo todo mientras pienso en lo torpe que soy; que pasaré la fregona, pese al dolor intenso que siento en el brazo; que, una vez todo esté seco, volveré con la escoba, hasta hacerme la ilusión de que en esta casa no ha pasado nada y de que puedo seguir apalancada en la vida tal y como la tengo apalabrada conmigo misma. Y ya mañana veremos. Porque esta noche él volverá, cansado, arrepentido, con la barba incipiente enmarcando su perfil de luchador romano, con la misma mirada que le recuerdo de la primera vez, cuando no tenía yo que andar día tras día luchando contra la voluntad de quererle. Y luego extenderá esas manos con las que amasa arena y cemento y, sólo para mí, obrará el milagro de transformarlas en guantes de seda. Y entonces cerraré los ojos y, por un momento, dejaré de ver las manchas indelebles de la grasa sobre la pared.


VIOLENCIA DE GÉNERO

Han tenido que pasar muchos años para que yo comprendiera lo que guardaban en su trastienda los afligidos ojos de mi madre. Aquellos ojos que lloraban, haciendo aún más terrible su pena inconsolable. Las lágrimas iban acompañadas de un nombre, el de mi padre, susurrado a mi oído con un tono maldito que me helaba la sangre, mientras sentía como ella se estremecía ante el estruendo terrible de un portazo o de un puñetazo descargado encima de la mesa, entre los platos preparados para comer. Ella me abrazaba, me apretaba fuerte, muy fuerte, contra su pecho, a mí, que estaba tan asustado por todo lo que veía. Y yo la creía, refugiado al amparo seguro de aquellos brazos, en su regazo amplio y cálido, como el niño que era y que la amaba, mamando a diario aquella leche amarga: el odio sordo hacia aquel hombre que gritaba y cuya maldad no me atrevería nunca a cuestionar. Y ahora que han pasado los años atisbo la realidad que ocultaba esta mujer dentro de sus ojos amargados. Y aquella leche infantil se me atraganta. Y sé que nunca podré perdonarla.


¡NO!
 
Esta noche he soñado que mi padre lloraba. Yo tomaba su cara entre mis manos y le pedía que no lo hiciera: “No llores, papá, por dios, no llores”. Y le acariciaba esa piel que tanto tiempo hacía no tocaba, densa y ondulada. Sé que mi padre está llorando. Que está allí solo. Que tal vez quiera morirse, pensando enloquecido en el daño que me ha hecho. Esto es lo único que me duele: no haberlo visto desde entonces. Que no sepa que todo está bien, que comprendo, que hay cosas que están llamadas a ser como han sido, que no se haga más daño. Que descanse. Que le quiero. Que ha cometido sólo un error en su vida. Que ha caído en la trampa. Sólo eso. Que yo sé que ya no podía más. Que sé que su vida estaba preñada de impotencia. Esta noche él no habrá dormido. Yo sólo he conseguido hacerlo un poco, cuando han hecho efecto las pastillas que me han obligado a tomar. Durante ese breve rato me he aliviado de la culpa que siento por haberlo dejado tan solo. Viviendo mi vida. Evitando encontrarme con él para no tener que escucharlo. Para no tener que saber. Esa culpa de la que no podré desprenderme mientras viva. La pena que me acompañará todos los días que dure su condena. La condena que le impondrán los otros. Los que sin saber nada, dicen saberlo todo. Hoy será el entierro. Es seguro que habrá un montón de cámaras y me han dicho que vendrá alguna representante del Instituto de la Mujer. Y debo estar preparada. Quiero mandarla a la mierda.


©Belén Garrido Cuervo - 2012

viernes, 22 de junio de 2012

San Juan de Letrán.

Armando, la ciudad desde acá arriba se ve enorme. Su cielo no es azul completamente, en las orillas de sus horizontes se alza un color ocre, muy espeso. Lejanas figuras a trasiego se mueven sin dirección a todas partes, como la interminable fila de autos que en su interior encierran a otros seres inyectados de rabia y frustración.
Marcho hacia la muerte… Qué tristes se ven estas calles de San Juan de Letrán.

Sus compañeros habían muerto, la mayoría acribillados por las balas del enemigo. Armando presentía que ya le tocaba y tenía que morir en iguales condiciones. Tomó su fusil, se puso el casco, caminó decidido a su cita mortal. Los miedos, los recelos y las malditas dudas no agobiaban su maltrecha mente. Permanentes horas de vigilia tuvo para recorrer con calma su insípida existencia gris y sin suerte. Lo único bueno fue enrolarse en el ejército; lo máximo, pertenecer a un grupo de élite, donde todos los muchachos veían una buena oportunidad para salir del montón, no ser uno más en las estadístiticas… Al menos, eso pensaba.
Su muerte sería recordada con veneración, como una celebración viva de quien murió defendiendo la causa de la libertad… ¿Libertad, de quiénes? Eso no importaba, a él le vendieron esa idea y la iba a defender aun a costa de su vida, el mejor regalo que dejaba como herencia a su raza en tierras extrañas.
Con la firmeza que da la determinación de una muerte segura y gloriosa, se reunió con los otros infantes; roto el último reducto del enemigo, ahora dispersado, solo ofrecía resistencia por medio de esporádicos francotiradores que, a decir verdad, daban más dificultades que las tropas en conjunto. Armando fue testigo de las bolsas negras que trasportaban los cuerpos inertes de sus amigos casuales, de aquellos con quienes compartió la ilusión de ser algo y alguien.
Avanzó unos pasos. Oleadas de metralla se escuchaban a lo lejos, como interminables plegarias del holocausto que se paga por una paz que se niega a morir o sobrevive solo en las mentes de los fanáticos.
Armando se aferró a esa idea, sus manos sudaban abundantemente, su corazón no dejaba de latir con ruidosa excitación, segundos muy largos, más de lo normal, en cuanto tuviera en la mira al odiado enemigo desataría todo su rencor, su resentimiento, su frustración. Todos los demonios que la Humanidad esconde detrás de una figura sana y limpia. Matar, matar y destruir, solo así sería digno de ser llamado prohombre. Pero no sucedió nada de eso; de pronto algunos vehículos blindados aparecieron al final de la calle, descendieron de ellos varios contingentes de soldados y un oficial militar dio voces a los conscriptos para que se retiraran de la zona y se presentaran a sus mandos. La guerra para ellos había acabado; para algunos ni siquiera empezó. Las fuerzas de la Organización de las Naciones Unidas tendrían ahora el control pacificador del área conflictiva… ¡Cuanta mentira y demagogia en un solo discurso!
De regreso a casa, ya sin uniforme, sin armas ni bandera que defender, se siente más alejado, más excluido, más humillado en ese inmenso suburbio, pues todo quedó encerrado en su ser. No bastaba con vencer sino que había que arrasar todo rastro de supervivencia. El mundo tenía que saber que sin exterminio los holocaustos nunca terminarán.

Ciudad de México. Una granada de fragmentación estalla en medio de la multitud; varios muertos y decenas de heridos es el saldo de tal atentado. Se presume que el ataque proviene de los carteles del narcotraficante en pugna…

En la casa del inmigrante mexicano llamado Armando Fuentes Nadal, una madre llora. Su hijo, en una hoja escrita, le pide perdón por lo que va a hacer pero es la única forma de acabar su propia guerra. Le deja una bandera extranjera y una medalla metálica, en un idioma que ella nunca entenderá.

Fin

15 junio 2012

con la valiosa correcion de panchito, el maestre

sábado, 2 de junio de 2012

SOLO DE NOCHE VIENE LA LUNA

Primera parte

Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años, y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra, y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de la tinieblas. Y vio Dios que era bueno, y fue la tarde y la mañana el día cuarto. (Génesis 1:14-19).

Luna

Cuando desperté, tuve que volver a soñar, a inventar una nueva forma de ser yo y no tú; empresa difícil para un hombre que vive en la luna. Tomé un café frío, mordisqueé lo que me dejó la rata nocturna, tomé mis llaves y salí rumbo al trabajo. En mi Vocho 87 seguí soñando con tu piel, con tus ojos amielados, con el roce de tu dedo índice recorriendo mi frente. Por poco me estrello ensoñando con tus medias de cera deslizándose al piso… Y pensar que solo es fantasía, nada existe, solo en mi mente pues nunca te he visto. Quise llorar. ¿Pero de qué? ¿Para qué? No, mejor contuve mis ansias; total, qué mas da, acaso tienen sentido algunas cosas; no, yo creo que no, carece de toda congruencia y más cuando nada existe en la realidad. Llego un poco tarde; mejor ni checo, me quitarían compensaciones en mi sobre. Suspiro… qué estúpido me veo, qué absurdo me escucho, si al menos me atreviera a pasar el umbral de mis deseos… ¡Pero no! Sería correr riesgos y no puedo; pienso esto mientras dirijo los cientos de kilos arriba del suelo. Mientras, con la ayuda de los demás acometemos el duro trabajo de todos los días. Aquí, encerrados, avistamos de lejos el correr de los años. Qué frágil es la vida, qué diminutos somos cuando sobre nuestras cabezas se levantan tres mil kilos… ¿Y no sobrevivimos? Nadie puede sobrevivir al peso de muchas ideas; las hormigas levantan más peso y no se mueren. ¿Por qué? Tú sí… no te entiendo y poco hago para entenderte más. Alguien me avisa que ya es hora de ir a comer. Se los agradezco; los detesto pero se los agradezco. Llevo un periódico de muchos días que poco a poco leo; me entretengo mucho en las banalidades de los que tienen mucho y carecen de materia gris. O de esos políticos que solo piensan en su beneficio. Cuánta podredumbre, cuánta ignominia; en eso pasa un perro tan flaco que pronto se caerá. ¿Y nosotros, qué? Escupo lo que de niño oí de mi padre: «Hijo, la vida es así». ¿Así? ¿Así cómo, de sucia? ¿De monótona? ¿Simple? ¡No! Eso no; qué ganas de inventar tonteras, palabras y luego amontonarlas… si me viera mi padre sin duda moriría de nuevo. Llevo su nombre como un lastre al cuello. Podría hacer mas soliloquios, pero ya me aburrí, me fastidio pronto de ser como soy… pobre diablo. Regreso al trabajo (¿a dónde más puedo ir?), hago como que hago pero no hago nada, nada pienso, nada soy… y sin embargo siento los muchos dolores de las nostalgias, de los años ya viejos. Después de esta odiosa espera, marcho a mi casa en donde me espera más nada, todavía… Cuánta alegría se le escapa a las calles de mi barrio, porque adentro de los hogares solo quebrantos se respira. Qué ganas de inventar puras cosas negras en mi pensamiento. Son las nueve en punto y pronto aparecerás en mi ventana. HAGA CLIC PARA EMPEZAR, me aconseja mi única puerta a la realidad de mis sueños. Y ahí voy, una vez más a perderme en tus letras, en tus sinsentidos. Tecleo un poco más y ya entré en tu cuerpo.
«Dime, ¿qué es mas humillante: pedir o no dar?».
«No lo sé».
«¿No sabes qué?».
«No sé nada».
«¡Ayyy!».
«¿Te disgusta eso?».
«¿Qué?».
«¿Que no sepa nada?».
«No, ¿cómo crees?».
«¿En serio?».
«Síiii».
«¿Qué haces?».
«¿Yo?».
«¡No, mi vecina!».
«jajaja, pues te leo».
«¡Qué bien!».
«¿Y tú?».
«También, leyéndote».
«Qué bueno…
¿cómo te fue?».
«Bien. ¿Y a ti?».
«Igual, bien».
«Qué bueno».
«Somos muy buenos, ¿verdad?».
«Ja ja ja ja».
«Bueno, ya es tarde. Me tengo que ir…».
«¿Tan rápido?».
«El trabajo, tú sabes, tengo que alzar miles de kilos y pues…».
«Sí, bueno, ¡te cuidas!».
«Gracias… ¡Chao!».
«¡Bye!».
«¡Oye!».
«¿Sí?».
«¡No te vayas aún!».
«¿Por qué?».
«Hay tantas cosas que se quedan sin decir… pero será mañana… ¡Bye!».
«No te enojes… ¡chao!».
De nuevo el clic y por esa vez se acaba el cuento. Son más de las de las tres de la mañana… los ojos, la cara, todo yo: es una sombra que cae de golpe en la subconciencia de un nuevo día.

Segunda parte

La tibieza de tu muslo derecho, el calor de alguna parte de tu cuerpo; el leve contacto que acelera los latidos, detiene la respiración tranquila y pausada. Niego cerrar los ojos sin musitar tu nombre: Luna. Y bien es cierto que no me atrevo, no puedo… Y pienso que tú igual no puedes. Llueve en el Sureste y llueve en mi corazón; hay damnificados allá y vacío en mi cuarto. Escribo en trozos de papel que luego tiro al bote de la basura. Hoy te impregnaste más con ese perfume de marca o es la insistente memoria de hacerte presente en mi camino. Nada más. Un día te pregunté si mi nombre te provocaba desvelos. Dijiste que sí, que varias veces después de estar tres horas seguidas escribe y escribe ante el teclado todavía te quedabas otras tres monosilabando. Me reí, te lo merecías; yo paso todo el día en ese raro estado vegetal. La subconciencia, según dices. Los cerros de mi ciudad son residencias de las estrellas. En la noche se convierten en luciérnagas que prenden sus foquitos inmóviles. ¿Lo sabias? ¡Qué vas saber tú! Si desconocemos el lugar donde vivimos. ¿De dónde provienen nuestras voces escritas? ¿Qué día es hoy? Lunes, martes, miércoles… ni lo sé. Por la presura de la gente adivino que es viernes, pero la nostalgia de esas novias esperando en sus puertas a sus amantes me indica levemente que es sábado… ¡Creo que sí, que es lunes! Mi Vocho 87 amaneció sin gasolina. ¿Se acabó? O algún prángana me la chingó. Sea como fuere, hoy tampoco voy al trabajo. 00 44 55 11 39 19 24, son muchos números para recordar y ya perdí el papelillo donde lo tenia anotado… ¡Ni modo! Seguiremos agarrados del limbo, como esas criaturas aladas y desnudas que la gente se obstina en llamar ángeles. Sigue lloviendo en el Sureste, la gente se moja y llora, como si no fuera ya demasiado el agua que cae del cielo para que ellos aún dejen abiertos los grifos de los ojos. No lloro, no debo, ¿para qué? Con eso no se come, solo sirve para dejar más sedienta al alma; mejor me echo a reír con las ocurrencias que inventas:
«Nop… Sip… Mikelaa… Uupss… Woo…».

Son solo unos cuantos de los muchos que usas para adornar tu ventana nocturna. Imagino lo que tú imaginas; sueños diferentes… más larga distancia.
«¿Cómo te fue con tu cónsul?».
«Aún no hallo lugar…».
«¿Y tus pacientes?».
«Pobres, los he dejado colgados».
«¿Como calcetines en el tendero?». «¡Sip!». «jajajaja».
«Hoy me pasó algo chistoso».
«¿Que?». «Es largo de contar».
«Pues abrévialo».
«No sé si deba».
«¿Por qué?». «A mí no me pasó, solo lo vi».
«Cuéntamelo».
«Bueno, ¿quieres?».
«Sip».
«Mira, resulta que un hombrecillo entró a vender chucherias de pulseritas y anillos de imitación pero nadie le compró… y se puso a llorar».
«…». «¿Qué pasa?». «…».
«¡Oye! ¿Estás ahí?».
«Sí… pobre».
«Sí, yo también lo pensé».
«Bueno, me voy…».
«Anda, que descanses. ¡Chao!».
«Bye».
«Chaooo».
No sé si me causa más molestia el dolor del hombrecito o la mortal pérdida de las conciencias. Un calambre en la pierna derecha me hace olvidar esto último. Mi reloj tiene varios meses sin bateria; soy como ese reloj sin pila: no tengo idea del tiempo; a lo mejor del espacio y el lugar pero ya no del tiempo.

Tercera parte

Solo de noche viene la luna. Dicen los que saben que la luna influye a los hombres como a las mareas. Yo creo que sí es cierto, pues cuando la luna esta arriba y grande yo quedo inerme a tus emociones; pierdo el eje de mi mundo. Si de por sí digo incongruencias, en este estado de sumisión soy aún más vulnerable. Tú, que eres psicóloga, explícame bien esto. ¿Por qué la luna juega con nuestros mares internos? ¿No lo sabes? ¿Te parezco lunático, todo lo que te digo? Por eso lo digo. Asómate a la ventana; sal afuera de tu casa y verás que hay luna llena… ¡Ya la ves! Estoy cansado, fatigado; escribo demasiado aprisa y casi no razono todo lo que digo. Dios, ten compasión de este pobre diablo, tu misericordia es gratuita y necesariamente deseo algo que no me cueste, algo que me regalen.
«¿Todavía estas ahí?».
«¿A dónde más?». «¿Sigues molesta?».
«No… ya comprendí que eso a ti no te aflige».
«¿En serio me conoces?». «Tus palabras te desnudan, te dejan en cueros…».
«No sigas. No me des cuerda».
«¿Darte cuerda?».
«¿Y tus pacientes?». «¿Qué tienen mis pacientes?».
«Son humanos…».
«Sí, la mayoría… jijiji».
«La mayoría…».
«¿Y tú sigues cansado?».
«Un poco, solo un poco…».
«¡Ajá!».
«¿Te disgusta?».
«No, para nada, solo que hoy deseaba platicarte unas cosas pero como estás, la verdad, hasta las ganas se me fueron…».
«Perdona…».
«Ya te dije que no hay problema…».
«Como digas». «¡Bye!».
«¡Oye! Espera…».
«…».
Son las dos de la mañana y solo me quedan un par de horas para dormir. Cada vez me borro o desdibujo; los ruidos de la noche son lejanos ecos de mi corazón. Las noticias de ayer son las de hoy… qué raro suena todo esto. Al menos me deshice de ti por un par de horas; juro que no, que hoy no abriré tu ventana. Quedaré oculto tras mis cortinas mientras pasa la luna llena. Y las mareas de mi alma se vuelvan a calmar… Me engaño: te has convertido en la droga que necesito para vivir.

Cuarta parte

Mi vecina es una mujer de mas de cuarenta, exactamente de cuarenta y dos años. Es de Chihuahua, pero por azares del destino vino a parar acá, a México; yo no entiendo bien cómo pudo ser esto pero me alegro que haya sido así. Esa casualidad me dio la oportunidad de toparnos en nuestros caminos. En una ocasión, al llegar a mi cuarto, tropecé con dos pares de ojos, entre nostálgicos y curiosos. «¿Vives aquí?», me interrogaron. «Sí, aquí vivo», contesté sorprendido. «¡Niños! No molesten al señor…», escuché una voz femenina con un claro acento del Norte. Me volví aún más sorprendido. «Buenas noches, señor». «Hola», fue mi saludo. Tanta solemnidad solo me disgusta, no es de mi agrado y ella, la que iba hacer mi vecina, se percató muy bien. «Yo me llamo Silvia». «Que bien. ¿Aquí vas a vivir?». «Sí… claro, si no le molesta». «¡Cómo crees! Por mí, encantado. Lo que pasa es que a Doña Naty nunca le han gustado los niños». «Bueno a estos tendrá que quererlos; después de todo son sus sobrinos». «Ah, ¿tu tía? Órale, qué buena onda. Bueno me voy, que estén bien». «¡Gracias!». «De nada, Silvia, estamos para servirte…». Sí, cómo no. A final fue ella quien me sirvió: me ayuda, me cuida, me atiende y me procura siempre… sin pedir nada a cambio. Sus hijos me llaman cariñosamente «padrino»; para mi son una molestia (nunca me han gustado los niños; mis hijos los tolero por que ya son mayores y viven lejos). Pero en fin. Mi vecina una noche al calor de las copas de sidra, me platicó su historia; creo que fue un quince o un veinticuatro, no me acuerdo bien. Dice que su marido, el papá de sus hijos, se fue más al Norte, pasando al Sur, con la ilusión de un futuro mejor; la abandono a su suerte y después de un tiempo ya no le escribió más. Se llegó a enterar que allá en los EE.UU. el papá de sus hijos rehizo su vida con una güera desabrida, sin impórtale nada ni nadie, ni ella ni sus hijos. Lejos de caerse, se vino a México; no soportaba la lástima que su familia le obsequiaba; eso a mí me consta. Es luchona y trabajadora. De carácter alegre y jovial, a veces me regaña e insiste en que lleve una vida más ordenada, lo cual es lo menos que deseo. -«Ay, comadre, ¿para qué?», le digo yo, «si lo único que deseo no lo tengo aquí». Alzo los ojos al cielo. «Por que usted es un zacatón de primera, compadre», me repite con ese acento que tanto me gusta; la voz de mi vecina es una melodía de timbres extranjeros. En ocasiones la descubro cantando mientras friega la ropa de todos; según ella la vida es mejor cantarla que chiflarla. Como sea, mi vecina es una buena mujer… «Pero escucha, no tienes por qué sentir celos, entre mi vecina y yo nada puede haber mas de lo que hay: una multitud de luces encendidas». Un beso, un solo beso cruzó los pensamientos y al vernos a los ojos supimos que éramos almas gemelas. Los dos estábamos dolidos, los dos cargábamos desamores, no podíamos permitir que lo único bueno de los dos se perdiera por nimiedades. Lo que subsiste es una tierna promesa de estar siempre ahí, presentes, por lo que se vaya a servir. En el fondo, mi vecina aún ama a su ausente. ¿Y yo? Yo no tengo a quién amar.

Quinta parte

Podría describirte una y otra vez el trayecto de aquí al trabajo y del trabajo para acá pero ¿tiene sentido? Solo mero pretexto de llenar hojas para cumplir con un requisito tonto. Pero sin embargo lo haré; no quiero ser descortés con alguien que me toma con seriedad. Después de dos meses, todo llega a su fin. Por falta de pago de la luz y el teléfono, me los cortaron; vinieron unos hombrecillos gordos pero anémicos y sin más ni más extirparon mis arterias. Mi vieja Pentium 1 enmudeció, quedo sin espíritu. Exhaló. Y te soy sincero; me alegro. Ya no puedo seguir muriendo cada que la luna aparece en mi cielo. Ya no soy capaz de inventar más palabras. Mi mente se secó; como el mar de la tranquilidad que asemeja una calavera fúnebre. Me quedo ciego y mudo, pero prefiero este destierro a seguir soñando un sueño cruel. Porque bien conozco mis limitaciones, mis pobres costumbres y la raquítica fortuna que en mí hay. La luna está muy alta y chaparras mis ambiciones; renuncio a ello y espero como simple mortal la luz nocturna para prender mis pesadillas. Puros epítetos uso como despedida, no soy capaz de avanzar ni dos frases entrelazadas. Ha sido la noche mas larga de mi vida… Pero al fin el sol salió.
«¿Te vas?».
«¿Como la canción?».
«Sí, como la canción».
«Las despedidas son para los tontos».
«¿Qué más tontos somos nosotros?».
«Lo suficiente como pensar que esto puede ser amor».
«¿Y lo es?».
«…».
«Me voy. Solo que… nada, me voy».
«¿Te acuerdas?».
«No, hace tiempo que olvidé todo lo de astronomía».
«Tú eres Marte, yo soy Venus.
«Te confundes, eres luna».
«¿Y tu? PSD».
«Creo que sí. Sí, ya recuerdo. Todo empezó con un clic, una rara casualidad, como casual es casi todo. Y tu nombre es…».
«¡No! ¡Basta! Es verdad, tienes razón estoy confundida. Nada es cierto, solo es mentira cibernética… pero fue hermosa esta mentira».
«¿Habrá mañanas sin sol, como luego hay noches sin luna?».
«¡Bye!».
«¡Chao!».

Tecleo mi máquina, ya sin efecto ni defecto. Mis mensajes se quedan estacionados en mi imaginación, las penumbras de una noche sin luna aturden mis miedos… ni a quién decirle chao, ni dónde escuchar un chillón bye.




FIN

correccion por DAN

sábado, 26 de mayo de 2012

Mi primera vez

Fue fantástico, tal como pronosticaron, ¡genial! Seguí las indicaciones al pie de la letra y lo conseguí sin problemas.
Los gritos sensuales de ella (más de lo que mis catorce años de edad suponían; incluso, llegué a preocuparme temiendo que algo grave le pasaba y faltó poco para que saliera de allí en busca de ayuda), exacerbaron mi excitación.

Fue rápido, pensé que tardaría más, pero mis maestros (en este caso, amigos mayores que gentilmente me prepararon para la ocasión para que no fallara) ya lo habían anticipado: “El primero no dura mucho, con el tiempo y la práctica lo dominarás y prolongarás”.
La verdad es que no fue difícil seguir sus consejos, no era cosa del otro mundo como llegué a pensar. “Debes mover tu cuerpo de esta manera, y las manos (primordial) de esta otra, debes apretar con fuerza o no sentirás lo mismo, no lo olvides”.
Bien, todo salió perfecto. En lo que se quedaron cortos mis amigos fue sobre la descripción de la reacción que tendría la muchacha al obtener el orgasmo, porque sucedió igualito que en las películas calientes que había observado a escondidas de los mayores; aunque en vivo es otra cosa, es diferente, pone la piel de gallina, es emocionante verla delirar en directo al compás de un pesado cuerpo encima; ella actuó como cuando mi tía la epiléptica sufre de un ataque, haciendo que mis vellos se erizaran. Mi organismo, sobre todo el miembro, fue invadido por una increíble e indescriptible sensación de placer al tiempo que se hinchaba y expulsaba con furia algunas cuantas gotas de hombre. La chica, que alcancé a percatar que perdió el color, sonrió, suspiró y luego cerró los ojos, exhausta.
Bueno, cuando todo acabó, no perdí tiempo, debía salir a contarlo a mis amigos, los cuales sabía que esperaban ansiosos por los detalles. Quité los ojos de la rendija, con cautela para no delatarme, me subí la bragueta y salí pronto del cuarto, testigo solitario de mi primera vez.

Mi primera vez de verdad

Bueno, después de mi primera experiencia sexual, me preparaba para debutar a fondo en las cuestiones del amor, pero ahora sí acompañado por una integrante del sexo opuesto, tal como debía ser.
Había practicado en forma enfermiza con mi miembro. Así, por una parte, cumplía con uno de los requisitos que mis amigos recomendaron dizque para hacerlo crecer, engruesar y fortalecer sus músculos cavernosos, lo cual permitiría que no defraudara a una futura pareja en el momento cumbre, pero a la vez yo disfrutaba al máximo cada movimiento que paso a paso iba dejando atrás mi niñez y dándome a conocer sensaciones inimaginables. Uno aprende tácticas para divertirse a solas, como hacerlo en seco en el cuarto, o con champú en el baño, ojeando revistas X, o fantaseando con la chica más linda y sexi del barrio. Pero tengo que confesar apenado, muy apenado, que con mi primera experiencia quedé un poco traumatizado, pues a partir de allí me excitaba cuando a mi pobre tía le daba un ataque de epilepsia, y mientras mis padres salían prestos y angustiados a ayudarla, yo corría en dirección contraria, al baño, a darle rienda suelta a mis ansias, pues sus movimientos agónicos y desesperados me traían sensuales recuerdos. Entonces, cuando desahogaba mi calentura, sentía remordimientos y le pedía perdón a Dios, e incluso, algunas veces hice penitencias como ayunar durante una semana para expiar los pecados, y hasta prometía no usar la mano por varios días, promesas que por lo regular terminaba fallando. Estas cosas ( lo de mi tía) me preocupaban, sentía que estaba enfermo, era sucio que me excitara cuando la vida de ella estaba en peligro, y más cuando yo deseaba ser médico, no me quería imaginar erecto cada vez que observara a un paciente invadido por convulsiones. Mis amigos me aconsejaban que tratara de superar, a como diera lugar, tamaña aberración (se los había confesado), pues ¿Qué tal que un día de esos estuviera con mi tía en la calle y ella sufriera de un ataque?, ¿dónde me metía?

De mi grupo, el único que faltaba para estar con una mujer era yo, y no dejaba de preguntarle a los demás si era diferente a hacerlo uno con la mano, y como respuesta siempre expresaban: ¡Uff! Ellos a su vez deseaban saber si yo ya expulsaba algo por el miembro, que si ya me había desarrollado, y yo respondía con orgullo que con al pasar de los días brotaba con más potencia, y más cuando por alguna circunstancia, poco probable, pasaba horas sin hacerlo. Entonces me recomendaron que tomara mucha avena para que espesara, y así impresionaría a la primera chica que llevara a la cama; “hay que enviarlas enseguida directo al baño”, explicaban sonrientes. 
Las consecuencias positivas de las constantes prácticas en el baño empezaron a notarse, mi timbre de voz comenzó a escucharse paulatinamente más grueso y mi órgano, en efecto, a agrandarse, ya tenía que abrir más la mano para manipularlo. Mi vientre y partes intimas se llenaban gradualmente de vellos, que por consejo de mis amigos afeitaba constantemente para que retornaran frondosos; la idea era tratar de verse lo más varonil posible.

Entonces llegó el momento tan esperado. El instante soñado. Juanita, de dieciséis años, sería la encomendada para convertirme en hombre. Mis amigos se encargaron de hablar con ella; lo normal es que yo lo hiciera, pero mi timidez fue un obstáculo. Ella estuvo de acuerdo a cambio de una módica suma, cinco mil pesos, y que yo jurara que no abriría la boca después. Con Juanita no había nada que temer, pues no era virgen y eso evitaba que de ser descubiertos me obligaran a casar con ella. Eso sí, me recomendaron no olvidar que tenía que vaciar afuera el producto de la pasión, no fuera que la barriga de ella se inflara por mi culpa y me viera envuelto en líos. En cuanto a esto último, analicé, debía estar alerta, un amigo del vecindario que sólo contaba con dieciséis años preñó a su novia y en consecuencia tuvo que irse a vivir con ella, le tocó abandonar los estudios y trabajar duro para mantenerla, descargando camiones en el mercado. Aunque en el sector se rumoró que la barriga de su novia se la hizo otro, Rubén, el casanova del barrio, que también fue quien la desvirgó y luego no quiso responder; según se cuenta, ella se acostó con Carlitos buscando en forma desesperada a un culpable para su himen roto y de paso a un padre para su hijo. Carlitos nos cantaría después que ella gritó mucho la primera vez que se acostó con él, pero que no botó sangre, Rubén lo tranquilizó diciéndole que no siempre sucedía así, que varias de las que desvirgó tampoco derramaron sangre y a otras ni siquiera les dolió. Ese Rubén siempre se salía con la suya, del barrio fueron pocas las que no cayeron redonditas en sus brazos, él fue también quien desvirgó a Juanita; la verdad es que lo envidiaba, mujeres a la lata es lo que necesitaba yo para no tener que pasar metido en el baño. 
Juanita era linda y tenía un cuerpo escultural, lástima que era muy alborotada, creo que del vecindario sólo faltaba yo para amarla. Sus pobres padres ignoraban la realidad y la cuidaban en exceso, si uno la visitaba enseguida colocaban reglas; que las sillas debían estar muy separadas, que por ningún motivo podían tocarse, y la madre o el hermano mayor se ubicaban cerca para estar pendientes de lo que sucedía, no se levantan hasta que el visitante no se marchaba. 
El sitio de mi encuentro con Juanita sería en el patio de la casa de Rubén, en horas de la noche. Era un patio muy grande y contaba con muchos árboles, en caso de que apareciera de improviso un intruso se contaba con el tiempo suficiente para escabullirse. El momento crucial llegó y desde que salí de mi casa iba tan erecto que caminaba con dificultad. Ella se presentó con una falda muy corta, sonriente me explicó que esa era su prenda preferida para esas situaciones, no había que quitársela, y como acudía sin pantaletas, sólo tenía que levantarla, así si se presentaba un imprevisto, nada más la bajaba y listo. Yo estaba tan excitado que mi miembro amenazaba con salirse del pantalón a la fuerza, destrozándolo. Ella me exigió el pago por adelantado, al recibirlo sonrió satisfecha y luego se acostó en el suelo, sobre una estera que Rubén gentilmente colocó para la ocasión, levantó su falda y abrió totalmente las piernas. Ver su velluda humanidad (así se acostumbraba antes) casi me provoca un paro cardíaco; entonces me dijo con un tono sugestivo: “Ven pronto, muñeco, no temas, soy toda tuya”. A toda prisa bajé mis pantalones y noté que sus ojos brillaron al conocer mi dimensión. No niego que me encontraba nervioso y hasta sentía un poco de vergüenza mirar su parte, ella lo intuyó y por eso dijo en tono casi arrullador: “Bebé, puedes mirar y tocar todo lo que quieras, pagaste por ello”. Aunque asentí no dejaba de temblar, sin embargo vencí los temores y me subí sobre ella, primero traté de besar su boca siguiendo los consejos de mis amigos, un buen preámbulo es una segura segunda cita, pero ella lo rechazó arguyendo: “Besos no, eso nada más lo hago con mi novio, pero puedes chupar los pezones”. Obedecí sin chistar y ella empezó a gemir, otra vez era algo parecido a lo de mi tía la epiléptica; entonces susurró: “Chúpame abajo, pronto”; quedé estático, Rubén no me había hablado sobre eso; Juanita insistió, balbuciendo: “Si lo haces te devuelvo mil pesos”, yo permanecí mudo e indeciso, ignoraba con qué me podría encontrar allá abajo, no estaba preparado ni tenía la mínima idea de cómo se hacía, por ello moví la cabeza con sutileza de lado a lado; Juanita no se dio por vencida: “Bueno, te devuelvo dos mil, ¡o hasta tres!, no me pidas más porque pienso comprar otra falda con lo que me quede”, volví a rechazarla (al contarle después sobre el episodio a Rubén recibí un fuerte regaño, a la mujer hay que complacerla en todo, encoñarla; desde allí me he convertido en un experto; ¡atentas, chicas!), Juanita, colocando cara de frustración, expresó: “¡Tonto!, ¡no te dejas enseñar, eso te hubiera facilitado las cosas; está bien, entra!”. Entonces busqué su orificio, pero cuando me aprestaba a empujar, me contuvo… “¡Detente, es más abajo!”, seguí sus indicaciones, pero volvió a exclamar: “¡Quieto! ¡Ahí tampoco, eso vale mucho más, busca un poco más arriba!”. Empecé a sudar, impaciente; ella se desesperó... “¡Dame eso, yo me encargo!”. Tomó mi miembro y lo introdujo en fracciones de segundo en su humedecida gruta; jamás lo olvidaré, ¡estaba dentro de una mujer!, ¡ya era un hombre hecho y derecho! Pero más tardé en penetrar que en terminar, de nada sirvieron las prácticas a solas. Ella se percató y gritó enojada: “¡¡Idiota, apenas me acomodaba!!”. Entonces me empujó, se levantó y salió como alma que lleva el Diablo directo al fondo del patio donde había un grifo; al menos la avena no me hizo quedar mal.

martes, 13 de marzo de 2012

La parada del 28

El pasado mes de febrero convocamos un Certamen de relatos breves entre los socios de LEA con el tema: la crisis. Se presentaron siete textos. No era competitivo, sólo un acicate para escribir sobre este objetivo. Éste es uno de esos textos.

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      Las paradas de autobús son lugares incómodos y desesperantes. Sin embargo, a base de coincidir día tras día, no es raro que se fragüen en ellas amistades duraderas, aunque casi siempre superficiales.

           Hace tiempo conocí a Luis, un hombre más o menos de mi edad que vivía en el mismo barrio que yo y también trabajaba por el centro. Todos los días laborables, a las siete y media en punto de la mañana, nos encontrábamos en la concurrida parada de la línea 28 de la calle Rosales. Un día comenzamos una conversación trivial —que si tarda el autobús, que si va a llover―, asuntos sin importancia que poco a poco derivaron hacia temas más personales. Y así empezó nuestra amistad.
      El trayecto en común duraba unos veinte minutos. Él se apeaba en la plaza del Ángel y yo seguía unas pocas paradas más, hasta la óptica donde trabajo. Luis era viudo; en un accidente de tren murieron su esposa y su único hijo, de eso hacía entonces unos cinco años. Trabajaba como encargado en un pequeño taller de relojería. Lo supe cuando se estropeó mi reloj y él se ofreció a arreglarlo. En correspondencia, le conseguí un notable descuento cuando tuvo que renovar sus lentes.
      Al cabo de un año más o menos, un día Luis no apareció. Ni al siguiente. Una baja médica, vacaciones... imaginé cualquier causa común, aunque en los días anteriores nada me había comentado. Hasta entonces siempre había avisado de sus ausencias. Durante un par de semanas esperé verlo reaparecer en cualquier momento, pero al mes olvidé el asunto. Deduje que así son estas amistades, un simple cambio de horario o de trabajo... y adiós.

      Han pasado casi dos años y no había vuelto a acordarme de él, pero ayer volví a verlo. Con algunos diarios bajo el brazo, caminaba despacio cerca del bordillo en la acera contraria y empujaba un carrito de la compra. Empezaba yo a cruzar la calle para saludarlo cuando él se detuvo frente a un contenedor de basura, lo abrió y comenzó a hurgar el contenido. Paré en seco como si hubiera chocado contra una pared invisible. Con la ayuda de un palo sacó algunas cosas, las puso en el carrito, que cerró con cremallera, y siguió su camino.
      Pasó frente a mí mirando al suelo, estoy seguro de que no me vio. No llevaba sus gafas. Algo más adelante se detuvo de nuevo junto a otro contenedor y repitió la operación, aunque esta vez no sacó nada. Lo vi alejarse mientras yo, pasmado, no sabía qué hacer. Seguí allí parado, mirándolo como un idiota hasta que desapareció tras los coches aparcados.
      Anduve hasta la parada del autobús. El reencuentro me había perturbado. Mientras esperaba hojeé el periódico para distraerme: “Urdangarín pasa la noche en La Zarzuela”, “Teddy Bautista reclama una millonaria indemnización”, “El Consejo de Ministros aprueba nuevos recortes y sube impuestos”… De pronto me sentí cómplice de una gran injusticia. Lancé el diario a la papelera y eché a correr en la dirección que él había tomado. A unas dos manzanas de distancia lo vi de nuevo, otra vez buscando en la basura. Me acerqué despacio; no se dio cuenta hasta que estuvimos a escasos metros. Me miró, entornando los párpados. Una profunda tristeza se dibujó en su cara. Esquivó la mirada, avergonzado. Llegué hasta él y le di un abrazo, ninguno de los dos dijimos nada. Noté sus lágrimas y no pude contener las mías, más de rabia que de pena. "Saldremos adelante, Luis, saldremos adelante".

La parada del 28 © Fernando Hidalgo Cutillas 2012

miércoles, 25 de enero de 2012

La fuente de los tres arcos

Hola amigos.

Soy Juanan (Juan Antonio Marín Rodríguez). Quiero compartir con vosotros el relato con el que gané el Primer Concurso de Relato Corto Rioja 2011.





La fuente de los tres arcos



24 de septiembre de 2011

En Rioja ha amanecido un día gris. Una sensación flotaba en el aire: el aroma de Míriam. Cuentan que se aparece en los días de lluvia, en la fuente de los tres arcos. Unos la ven echando piedras en el agua cristalina; otros, caminar por la carrera de la fuente en dirección al río hasta desaparecer.

En mi mente resuena la voz de mi abuelo: “Cuando los nueve ojos vuelvan a llorar suplicando la verdad al ángel de la luz y vuelvan a rugir las aguas de la fuente de los tres arcos, la portadora de la esencia volverá a pasear por las calles”.

Como si fuese una profecía, esta tarde una fuerte tormenta ha caído con furia sobre Rioja. El puente de los nueve ojos, esbelto como siempre, resistía el empuje del encabritado río Andarax. Desde mi cuarto en el viejo caserón propiedad de mis abuelos, podía contemplar la catástrofe: naranjos anegados, cosechas echadas a perder y muchos más destrozos. Cuando el temporal arreció, la fuerza del agua arrancó de su quinto estribo un enorme bloque del medio punto. Sobre él creí ver una figura flotando en el aire, rodeada de un haz de luz, con las alas extendidas iluminando la hacienda de San Miguel. Horas después la luna se alzaba en el cielo.

El caserón está construido en medio de una finca de naranjos. La fachada principal se alza vigilante en dirección al puente; o tal vez sea el puente el que vigila la casa. El caserón apenas ha sufrido daños. Sólo la caseta de las herramientas ha desaparecido y, con ella, mis recuerdos. Si hay algo que realmente siento mucho haber perdido es mi entrañable bicicleta azul, con la que solía pasear junto a Míriam.

Salgo a caminar tras la lluvia. Me gusta el olor de la tierra mojada y el intenso aroma del azahar. Unos metros más adelante, enganchado en la rama de un naranjo, está mi mejor trofeo: una cinta de color rojo bordada con letras blancas “Míriam. Fiestas patronales 1984”. La brisa juega con ella, como reclamándola suya. Cuando la suelto se aleja, haciendo piruetas en el aire, y en el mismo instante en el que escucho su voz, una lágrima acaricia mi mejilla. Me siento sobre el césped mojado, perdido entre mis recuerdos.


24 de septiembre de 1986

El olor a pan recién hecho me despertó. Bajé corriendo a la cocina y allí estaba mi abuela preparando el desayuno. Sobre la mesa, zumo de naranjas recién exprimidas y ricas tostadas untadas con mermelada de melocotón. Después de desayunar solía acompañar a mi abuelo a la alhóndiga.

Por la tarde, consumida la siesta, estudiaba durante un par de horas. Siempre me las apañaba para acabar antes de las cinco. A esa hora solía salir a pasear con Míriam por el pueblo.
La grava del camino de entrada al caserón crujía bajo el rodar de una bicicleta. Siempre sabía cuando ella llegaba. Lo sabía por el olor que inundaba el aire. A azahar.
—Buenos días, señora Rosa. ¿Está Juan?
—Buenos días, Míriam. Está arriba, en su habitación. Espera y lo llamo.
Y mi abuela me llamaba con una dulzura entrañable.
—¡Juan, baja! Míriam ha venido.
Yo me hacía el sordo, me encantaba escucharla decir mi nombre.


La primera parada de nuestras aventuras era el parque infantil. Nos encantaba hacer competiciones para ver quién era capaz de volar más alto en los columpios. Después echábamos de comer a las palomas en el jardín que hay frente de la iglesia. Esperábamos hasta que las campanas anunciaran las seis de la tarde. Aprovechábamos el poco tráfico para hacer una carrera en bicicleta por la carretera hasta llegar a la placeta del barrio de la calle La Fuente. Allí descansábamos unos minutos, los suficientes para coger fuerzas y seguir pedaleando. Al final, la calle vuelve a unirse con la carretera. Girábamos a la izquierda donde, a unos escasos cien metros, se encuentra nuestro lugar favorito: la fuente. En ella nos bañábamos y disfrutábamos sintiendo el frescor del agua en nuestra piel.

Aquella tarde le tenía preparada una sorpresa. Iba a enseñarle un nido de verderones que había descubierto. Dejamos las bicicletas al final de la carrera la fuente. En un naranjo de la última hilera, pegado al muro del río, estaba el nido. El murmullo del agua sonaba con más fuerza que nunca. Míriam se subió al árbol y apoyó el pie en una rama seca que no resistió su peso. Cayó al río y la perdí de vista. Me asusté mucho y salí corriendo a buscar ayuda. Cuando llegamos al lugar del accidente, no había rastro de ella. Nunca encontramos su cuerpo.


24 de septiembre de 2011

Un fuerte trueno me saca de mis pensamientos. Cae una fina llovizna y estoy empapado. Me levanto y voy hacía el interior del caserón. Subo a mi cuarto y tomo un baño caliente. Me visto con un jersey azul y unos pantalones vaqueros.

Ya apenas llueve. Bajo al jardín, corto un par de rosas y, como cada noche desde hace años, acudo a la fuente. Deposito las dos rosas en el lugar donde nos bañábamos y lloro cuando siento una cálida caricia en mi mejilla. El olor a azahar me inunda. Al marcharme escucho susurrar mi nombre; giro y la veo pedaleando en su bicicleta. Del manillar cuelga una cinta roja.


© Juan Antonio Marín Rodríguez - 2011


jueves, 17 de noviembre de 2011

La sentencia


Como todas las mañanas, si el tiempo era bueno, fui al parque a eso de las once. A principios de marzo me gustaba tomar el sol de invierno y leer un rato, o simplemente contemplar la gente alrededor. Sentado en un banco, abrí el libro que estaba leyendo: una novela sobre el Imperio Inca que me tenía absorto. Me encontraba en un extremo del paseo, cerca de la avenida que lo bordea, la zona más transitada del pequeño recinto. Era mi banco preferido.
Llevaba un rato allí cuando se me acercó una niña que no tendría más de cuatro o cinco años. No la vi llegar, enfrascado como estaba en la lectura. Debió de haber estado antes jugando con la tierra pues tenía las manitas bien sucias, y lo primero que hizo fue plantarlas en mi pantalón blanco.
—¡Eh!, pequeña, no has de tocar nada con las manitas tan sucias… —aleccioné con el tono más cariñoso que pude, dentro de mi contrariedad.
Dejé el libro a un lado y me puse en pie para sacudir las manchas. La niña aprovechó para agarrarlo.
—Pero ¡bueno! ¿No ves que estás ensuciando todo? —recriminé, sin perder la compostura. No era cuestión de enojarse con una nena de esa edad… ¡Qué sabía ella!
—¿Qué lees? —me preguntó con el ceño fruncido.
—Un libro muy bonito que no has de manchar. ¿Cómo no estás con tu mamá? Anda, dámelo antes de que se estropee… —pedí con fingida dulzura.
La niña se encogió de hombros y, lejos de hacerme caso, escondió el libro a su espalda.
Yo estaba bastante irritado por la situación; no con la niña, pero ella era el problema. Con gusto la hubiera cogido por el brazo y obligado a darme el libro, pero pensé que no estaría bien.
—Venga, devuélveme el libro y ve con tu mamá —ordené, ensayando un tono de abuelo autoritario .
—¡Eres malo! —fue su respuesta, y echó a correr con su botín.
La seguí con la mirada y mi enojo se volvió preocupación cuando vi que iba directamente hacia la calle, en ese momento con abundante tráfico.
—¡No corras, para! —grité, y fui tras ella todo lo rápido que me permitieron mis ya cansadas piernas—. ¡No cruces! —insistí, pero ella estaba cada vez más lejos, por mucho que yo me esforzaba.
Entonces vi a dos mujeres hablando en la acera y les señalé a la pequeña, confiando en que la interceptaran. No hizo falta, la niña fue derecho hacia ellas. Una de las mujeres le dijo algo que no pude oír por la distancia y siguió hablando, sin hacer más caso. Pensé que debía de ser su madre.
Cuando me acerqué, la niña gritó:
—¡Eres malo, muy malo! —Y se echó a llorar. Las dos mujeres me miraban con cara de pocos amigos, como pidiendo una explicación: "¿Qué hacía usted corriendo detrás de la niña?".

Me sentía ridículo cuando saludé y conté lo que había pasado.
—¿Así que mi hija lo ha tocado a usted "ahí"? —preguntó la madre, señalando la mancha del pantalón con un gesto de la barbilla. Entonces reparé en que una de las manchas estaba sobre un lugar algo comprometido—. ¿No será que le ha pedido que lo toque? Julita, ¿te ha hecho algo este señor?
—¡Señora! —protesté— yo estaba leyendo tranquilamente cuando su hija, a la que debería tener mejor educada y más controlada, empezó a molestarme.
Mientras tanto la nena no paraba de gritar: "¡Es malo, es muy malo! ¡El hombre es malo!…", con un berrinche creciente.

—Que leía, dice, si no lleva nada que leer… ¡Qué corta es la mentira…!
—Leía un libro que ha robado su hija. Debe de llevarlo en alguna parte.
—¿Me toma por idiota? ¡Espere a que pase un guardia y veremos qué estaba haciendo usted!
Yo estaba más que indignado a esas alturas de la conversación. Dispuesto a ofrecer la prueba de que no mentía, con un rápido movimiento así a la niña del brazo con intención de rescatar el libro. La pequeña dio un grito como si estuvieran degollándola y me lanzó un puntapié, al que se unieron los golpes que la madre propinaba en mi espalda con el puño.
—¡Deje a la niña, pervertido! —gritaba, sin parar de golpear.
Dos hombres que pasaban por allí se acercaron al ver el alboroto. La otra mujer, hasta entonces callada, les informó:
—Éste…, que estaba tocando a la niña…
El más joven me sujetó por el brazo mientras el otro usaba su teléfono móvil.
—Así que tenemos a un viejo verde… —digo el energúmeno de modo amenazador. Me zarandeó agarrándome por la ropa, lo que hizo saltar un par de botones de mi camisa.
—No te compliques, Andrés, que ya viene la policía —aconsejó el otro.
—¡Oigan, yo…! —intenté explicarme.
—Calladito y quieto —ordenó mi captor con chulería.
La mención de la policía me inquietó pero, viendo el cariz que tomaba el asunto, sólo deseaba que llegara cuanto antes. Unos minutos después, dos vehículos se detuvieron junto a la acera y bajaron de ellos cuatro hombres uniformados.
—Este viejo, que estaba abusando de la nena. Menos mal que la tengo bien enseñada y echó a correr… ¡Y aún tuvo la desfachatez de perseguirla! —explicó la madre.

Yo lo negué, volviendo a explicar lo que había sucedido. La amiga corroboró lo dicho por la madre.
—¿Han visto algo ustedes? —preguntó uno de los agentes a los tipos que me habían sujetado.
—Cuando llegamos, este hombre tenía agarrada a la nena y la madre forcejeaba con él, no hemos visto más —respondió el que los había llamado.
Era suficiente; me esposaron las manos a la espalda, me metieron en uno de los coches y me llevaron a la comisaría. Yo estaba avergonzado, asustado e indignado por igual. Tras un buen rato de espera, a solas en una especie de calabozo, me llevaron ante un inspector. Sentí alivio cuando retiraron las esposas.
Conté una vez más con detalle lo sucedido aquella mañana. El oficial anotaba todo cuidadosamente en el ordenador. Con frecuencia me interrumpía para puntualizar algo:
—¿Qué leía?
—Una novela, "El cóndor de la pluma dorada". Es una edición de bolsillo, un libro no muy grande.
—En sus pertenencias no consta ningún libro…
—Ya le dije, lo robó la nena y salió corriendo. ¿Es que no lo han encontrado?
Sin responder, el hombre escribía a toda velocidad. Tuve la impresión de que él escribía mucho más de lo que yo decía. Y eso no me gustaba nada. Terminada la historia, imprimió unas hojas y las puso frente a mí.
—Lea su declaración y, si está de acuerdo, fírmela.
Leí con atención. Era el relato de todo lo que le había explicado, traducido a la jerga judicial. Lo firmé.
—Y ahora ¿qué pasará? —pregunté.
El hombre me miró con sus ojos tristes y adoptó un aire menos rígido.
—Lo tiene usted mal. Cuatro testigos afirman que usted estaba acosando a la nena, y la misma pequeña dice que es "el hombre malo". El libro del que habla no aparece… El examen de la niña ha dado negativo pero eso no excluye tocamientos y otras prácticas habituales.
—Pero yo sólo he dicho la verdad. No tengo antecedentes de ningún tipo, mi familia, y en el barrio, me conocen… ¡Es absurdo!
—Le creo, pero eso no sirve para nada. Las pruebas son las que mandan y no le favorecen. Hay tres testigos que confirman la versión de la madre y nadie que confirme lo que dice usted. Además, las huellas de esas manos sobre su pantalón…
—¿Y entonces…?
—Hemos avisado a su familia. Su esposa está en camino, con algo de ropa para usted porque todo lo que lleva ha de quedar aquí, como prueba. Pasará al Juzgado de Guardia y el juez decidirá. Normalmente en los casos de abusos a menores el detenido entra en prisión, pero confío en que, dadas las circunstancias, sea benévolo. Con suerte, fijará un día para el juicio y lo dejará marchar.
—Hágame un favor —pedí antes de salir—. Busquen el libro. Le aseguro que ese libro existe.
—Nos estamos encargando ya de ello. Aunque la existencia del libro no cambiará mucho el asunto, sería muy bueno para usted que apareciera.
Custodiado por un guardia, yo esperaba sentado en el pasillo mi turno ante el juez. Di un respingo cuando se abrió una de las puertas y salieron las dos mujeres que me habían metido en aquel lío. Al pasar me lanzaron una despectiva mirada. Mientras se alejaban las oí comentar: "¿Te has fijado cómo se parece a tu hermano?".
Yo estaba preocupado por lo que pensara mi mujer. Cuando volvimos a casa le pedí que me dijera la verdad de lo que pensaba, cualquiera que fuese. Me abrazó y con lágrimas en los ojos me aseguró que me creía, que confiaba en mí, como siempre. Que me conocía muy bien, ¡ya tantos años!, que yo era un buen hombre, normal en todo. Sentí un enorme alivio. El resto de mi familia no sabe nada. El juicio será el mes próximo.
El inspector me llamó al día siguiente por teléfono para decirme que el libro había aparecido. En una de las papeleras del parque, sucio de tierra y medio destrozado. Tuve que ir a identificarlo. El abogado cree que todo va a quedar en una multa y una amonestación, pues hay pocos hechos probados. Y un antecedente en mi ficha policial. Pero hasta que decida el juez, nada es seguro.
Ha pasado una semana. Por fortuna, el incidente no ha llegado a saberse en el barrio aunque, no sé si serán manías mías, noto que algunos vecinos me miran de otro modo, como si me rehuyeran.
Estos días tenemos con nosotros a nuestra nieta Clara. Carlos, nuestro hijo mayor, celebra los diez años de matrimonio con un pequeño viaje, como una breve luna de miel. Mi esposa está contenta; disfruta mucho la presencia de la pequeña.
Esta mañana, ella debía ir a hacer unas compras:
—Ahora la abuelita va a salir y te quedarás con el abuelo, ¿vale? Pórtate bien… —La expresión de su cara cambió de pronto—. O mejor ven conmigo, verás como te gusta ir de compras. Vamos a pasarlo muy bien. Ponte la chaquetita y dale un beso a tu abuelo.
Cuando se han cruzado nuestras miradas, esquiva la suya, no han hecho falta palabras. El juicio será el mes próximo pero la sentencia se ha dado hoy.


© Fernando Hidalgo Cutillas - 2011