sábado, 26 de octubre de 2013

MI AMIGO EL DIABLO





Nunca entendí cómo diablos estaba yo allí, o más bien cómo caí exactamente por estos rumbos de Iztapalapa, aunque no era raro, ya pensándolo más detenidamente; siempre he tenido una extraña coincidencia para toparme con situaciones inverosímiles, cómicas. Por bocón, o por el simple cruce de un camino y otro.
La verdad, como que en ocasiones me acostumbraba y en otras como esta me punzaban la rabia e impotencia; ya eran las nueve de la noche yo seguía camina que camina, sin ver a nadie más a mi alrededor, quiero decir personas, casas, luces o cualquier cosa por el estilo; solo a lo lejos un gran refulgor amarillo, sin duda la ciudad. Las últimas gentes que se atravesaron en mi andar me habían dicho: "¡Ha! Mire, siga así derecho por esta avenida y como a 20 o 25 minutos se encontrara la avenida Iztapalapa, por ahí llegara a la Cárcel de Hombres y adelante como a otros 20 o 25 minutos está el metro de Santa Martha".
Ya llevaba como dos horas y nada, ni Ermita, ni Cárcel, ni menos aún metro y lo más raro del caso es que me sentía ascender, como si el terreno ya no fuera plano sino cuesta arriba; quise regresar pero no tenía mucho caso, otras veces lo he intentado y creo que fue peor; vi a lo lejos una torre metálica, de esas enormes que transportan energía eléctrica. "Vaya, al menos creo que si la sigo pronto llegare a un poblado ¡Bruum! ¡Qué frío siento! Caramba ya son las 9:35 ¡Chihuahua! Qué voy a decir en casa, con lo celosa que es la Martina. Pensará que me fui de loco, ya mero me va a creer que me perdí. Si ni yo mismo lo creo. Qué mala pata, por qué me pasan estas cosas a mí. En fin, ni modo".
 
Apreté con fuerza los veinte pesos guardados en los bolsillos del pantalón. ¡Cómo quisiera estar ya en mi camita, después de cenar, y un buen arrumaco con la Martina! Me quiere de reharto y yo a ella, solo que esta miseria nos ahoga, nos mata. Pobrecita, aún recuerdo el día que decidió irse a vivir conmigo, no hubo ni boda, ni fiesta, nada. Solo promesas, pero no se queja, no dice nada, al contrario parece feliz; contenta, como si poco le preocupara. Algún día, chaparrita, algún día te daré todo lo que te mereces.
 
"¡Chihuahua! No puede ser, hasta aquí llegan las dichosas torres Y ahora ¿por donde? ¡Chin! No queda otra otra que caminar y seguir caminando. Son ya las once en punto, cada vez me pesa más la mochila en el hombro; tengo hambre y definitivamente estoy subiendo. Un vientecillo frío alborota mis pelos tiesos, entra por mis poros y se anida en mi alma. Todavía hace unos minutos los ladridos de perros indicaban algo, ahorita ya ni eso".
 
Pequeños relámpagos cruzan mi cielo negro; si lo pienso bien tal vez me convenga subir hasta mero arriba; quién quita que desde allí ubique mejor la ciudad; sí, eso es, sin mejor alternativa acelero el paso; pequeños matorrales, árboles enanos van y vienen en un errático andar. Van a dar las doce. Detengo por un momento mi marcha. "¿Y si de plano mejor aquí me quedo?, quiero decir: paso la noche; total, ¿que me puede pasar...? Pero no ¿Y la Martina? Bien que la conozco, ha de estar bien preocupada, con lo que me quiere, si hasta ya ha de haber hablado al trabajo; pero quién le va a contestar si es tardísimo ¡No, no! Tengo que ir a casa, ha de estar bien afligida: No; si es tan capaz de ir a los hospitales. Tengo que ir ya. En cuanto vea un teléfono, aviso. Pero ¿a quién aviso? Cómo me hago bolas".
 
El vientecillo frío refresca el sudor que se asoma a mi piel, ya falta poco para llegar hasta merito arriba, pero mis pies se han cansado, ya no puedo dar ni un paso más. Algo llega a mi olfato, huelo a ceniza, a quemado Pero ¿hasta acá? Se hace más penetrante el olor a la leña quemada. No veo la lumbre, solo me guío por el olor a incienso perfumado, titubeo un poco cuando a pocos metros de mí vislumbro una fogatilla naranja; pequeñas lenguas de ese color se alzan al cielo en vano intento de alcanzarlo. Camino un poco más y me detengo abruptamente. Frente a la lumbrera, de espaldas a mí, la figura sentada de una persona se frota las manos, se inclina con más elasticidad al fuego interno. No hay nadie más, solo esa persona sentada. A su lado un morral o algo así descansaba; eso era todo, pensé en muchas posibilidades, bien podía caminar hacia los lados y rodear al sujeto, bien podía acercarme y pedir informes: Pero ¿ y si fuera un maleante, un drogadicto? ¿O, peor aún, un asesino? Miré hacia atrás. Solo obscuridad y frío. Miré el reloj: las dos de la mañana. Volvía a no tener alternativa, avancé hacia el personaje desconocido. No bien llegué hasta donde estaba, cuando lo escuché por primera vez:
—Acércate, Serafín. —Un frío maldito recorrió de pies a cabeza todo mi ser.
—¿Quién es usted?
—Te esperaba, Serafín. Siéntate, hace frío
—¿Quién es usted? —volví a preguntar. Ahora el hombre estaba a la izquierda, casi no se veía, casi estaba encogido. Por falta de luz aún más negro lo veía.
—Siéntate, Serafín. —Su voz fue de mandato, de orden, no pude negarme. Me senté en el suelo; las chispas brincoteaban indecisas. Mi pensamiento iba montado en el tiempo.
—Ya es tarde, ¿verdad, Serafín?
—Un poco, Señor... ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿En dónde estamos?
—Son muchas cosas, Serafín. Con paciencia, con mucha paciencia. – Pensé que si volvía a preguntar lo mismo, igual pasaría, no habría respuestas
—Serafín, tú estás aquí y lo demás solo son intrascendencias. El centro de las cosas está aquí en medio del fuego. Arriba, el infinito rodea lo que tu llamas mundo, ese mundo que gira de izquierda a derecha. Todos caminan por una vereda llena de accidentes, de caminos sinuosos; nunca rectos. Simples o complejos, de eso depende cada concepción que se desprenda del hombre. Inclusive hay personas que viven y mueren sin pisar y por tanto no dejan huella tras de sí. –Pensé en la Martina. ¿Qué estaría haciendo?.
—¡Toma! –Algo saco de su morral. Me lo dio y lo tomé. Automáticamente me lo lleve a la boca, lo probé, sin saber qué era, lo trague, sabía delicioso. Exquisito.
—¿Qué es?
—Serafín, solo cómetelo. Ten. –Me dio ahora una botellita pequeña; igual sin preguntar lo bebí. Un licor embriagante; al momento un delicado ardor llenó mi estomago. Ya nada me preocupó.
—Serafín, tú no eres un hombre ordinario. Eres único
—¿Por qué dice esas cosas, Señor?
—Serafín, solo estamos tú y yo, puedes hablarme con toda franqueza; yo no juzgo, no puedo juzgar, se me ha vedado todo intento por ser arbitro o ser juez.
—Usted parece una persona muy importante; muy seria.
—Serafín, solo porque sacié tu hambre y tu sed crees todo eso. ¿Qué dirías si te diera el futuro que tanto anhelas?
—Si le preguntara quién es ¿me lo diría?
—Serafín, las palabras son ropas que estorban, ¿entiendes?
—Cómo voy a entender, estoy perdido en la nada... Tan igual como usted.
—Serafín, te confundes, es lógico solo eres un hombre. Yo no me pierdo; sé en donde estoy y con quién hablo. Ahora hablo con Serafín Hernández: un hombre de treinta y cinco años, que desde hace dos vive sin casarse con Martina Juárez, siete años menor. Que desde entonces trabaja incansablemente; cada peso, cada centavo lo exprime, lo estira hasta no poder. Vive oprimido, viendo de lejos eso que anhela; eso que gusta, pero que nunca será suyo. A menos que suceda un milagro. ¿Crees en los milagros, Serafín?
—Me conoce bien, Señor.
—¿Te conoces tú, Serafín? ¿Te conoces? ¿Sabes de lo que eres capaz o de lo que no eres? Ahora soy yo el que hace muchas preguntas. Olvídalo.
—Señor, es tu fuego, pregúntame todo lo que quieras
—Serafín, ustedes los hombres me tienen por un ser horroroso, mezquino, cruel y tantas ideas más. Nada de lo que realmente soy.
—Yo que puedo decirle señor. Bien lo ha dicho: solo soy un simple hombre.
—Serafín para mí eres muy especial. Eres tan simple, tan sencillo, nada complicado. Tus preocupaciones son así de chiquitas; como el polvo que levanta el viento. No te ofendas amigo, al contrario, eres afortunado; tus decisiones solo te atañen a ti. La Humanidad esta a salvo de tu proceder. Eres tan inofensivo...
—No, Señor, no me ofende, tanta gente me ofende, que la verdad otra más que más da.
—Serafín, mi pobre Serafín; es cierto: eres tan sensible que cualquiera abusa de tu bondad, de esa alma buena que tienes dentro de ti. Las almas. ¿Cuánto crees que valga un alma, Serafín?
—No lo sé, Señor, ni siquiera sé si existen las almas
—Existen, Serafín, son el motor que mueve el mundo; el porqué de nuestro encuentro. La tradición de antiguo es que a cambio de un alma, puedo dar todo lo que me pidan ¿Crees tú eso, Serafín? ¿Lo crees?
—Si así fuera, Señor, sería un mundo maravilloso; lleno de felicidad, a gusto. Bonito, muy bonito.
—¿Por qué, Serafín? ¿Por qué dices que bonito?
—Señor, ¿qué cosa mejor pediría uno sino la completa felicidad de los demás?
—Eres bueno Serafín, no cabe duda, no me equivoqué contigo. ¿Pero dime, Serafín, qué quieres de mí?
—Señor, qué puedo pedir, cosas sin valor, nada importantes
—¿Te parece poco importante darle una mejor vida a tu mujer? ¿No te gustaría casarte con ella? Pero en verdad, con fiesta, vestidos, buena comida, buena bebida; con todos tus familiares y amigos ¿No te gustaría, Serafín?
—Señor, perdone si le parezco tonto pero nunca he tenido problemas por vivir así como vivo. No sé, casi toda la gente que conozco se contenta con lo que tiene
—Una cena opípara, ¿quieres, Serafín? Un pollo bien frito, unas papas doraditas, crujientes; un refresco frío de cola, de esos que pican tu garganta y tu panza. Para después juguetear con tu mujer, con esa linda mujer que tanto te quiere. Que tanto espera de ti, ¿no quisieras, Serafín?
—Ella me ama, no sé qué tanto. Pero me ama y yo a ella.
—Serafín, el amor es un lindo sentimiento humano, pero se acaba con el otoño de los años. ¿Te has puesto a pensar si ella se cansará de tanta pobreza y se marchará para siempre?
—Yo, Señor, qué puedo hacer. Ni yo estoy seguro de que lo que siento pueda ser duradero. No lo sé.
—Serafín, dentro de diez años, cuando tengas cuarenta y cinco exactamente, tendrás un estomago prominente, poco pelo de frente, tus pies seguirán oliendo tan desagradable como hasta hoy, tres niños te hostigaran con la misma cantaleta que tanto odiarás: Papá dame, papá dame, y tu frágil Martina será una vieja gorda, apestando a cebolla; será más celosa y puntillosa. Nada bueno hay en tu futuro, Serafín, nada bueno.
—Señor, ¿por qué me dice estas cosas? Nada cambiará, al contrario, ello me evita la pena de andar sin dirección como en este momento.
—Serafín, me sorprendes en verdad; sé que eres sincero, sin tacha de vanidad. Tu pretensión es vivir nada más. Solo que si tú quisieras tener más, yo te lo daría a cambio de algo que tú posees y yo no...
—Señor, te equivocas, no tengo nada, tú lo tienes todo. Tienes la lumbre, el pan, el vino. El tiempo. Todo lo tienes, Señor.
—Serafín, qué cosas dices; no eres sabio, tal vez un poco inteligente, pero no sabio. Eso es bueno, la sabiduría es falsa vanagloria para los sujetos que fingen demencia, locura senil de unos cuantos sobre muchos. Se hace tarde, Serafín, y créeme fue un placer el encontrarte, pocas personas guardan la compostura ante mis palabras y cuando de pedir se trata, piden cosas tan absurdas que terminan odiándose con mas fuerza, eso no es culpa mía. Los hombres lo aprenden de generación en generación. Mal de años, como para despedirme.
—¿Te vas, Señor?
—¡No! Te vas tú, Serafín. Te esperan en tu casa, una buena mujer que te ama, un futuro incierto. Mil peripecias antes de cruzar el umbral al que tu especie está condenada.
—¿Y tú, Señor, adónde irás?
—Serafín, te lo agradezco, el poder que poseo, mi poder, me hace el ser más solo que te puedas imaginar. Tu amistad me haría mucho bien.
—Señor, ¿yo qué soy? Simple criatura de un caos.
—Serafín, tienes razón. Sea así. Solo deseo que seas feliz con lo que tienes, nada más.
—Gracias, Señor.
—Observa bien, Serafín, cuando la última flama de esta fogata se extinga será como si nunca nos hubiéramos visto. Entre tantas cosas, tengo la facultad de jugar con el tiempo; no de alterarlo, solo de atrasar o adelantar a mi antojo. Camina hacia allá, hacia donde ibas al principio.
—¿Cómo sabré si se apaga la lumbrera, Señor?
—No te digo, eres muy observador. No importa, Serafín, de todos modos me has caído bien; me agrada encontrar gente como tú. Ya es el momento. Anda, ve de una buena vez.
Caminé hacia donde me indicó, cuando ya no percibí el humo de la lumbrera volví la vista hacia los restos donde pensé que aún estaría, pero ya no estaba. Empecé a caminar cuesta abajo, sin saber cómo di con la avenida Ermita Iztapalapa, más allá unas torres vigía me indicaban una señal: desbordado de muchedumbre el popular metro. Mire el reloj, marcaba las siete de la noche, en mi bolso aún tenía los veinte pesos, en mi paladar el sabroso manjar de un guiso y el amargo dulzor de un buen vino.
Llegaría temprano a estrechar a mi Martina, todo gracias a mi buen amigo el Diablo.

con la siempre ayuda de panchito, gracias.
©Mario Archundia

2 comentarios:

Beth Alonso dijo...

Magnífico, intenso y reflexivo, mi enhorabuena al autor de este relato en el que el diablo se siente tan solo...
Un abrazo!

mario a. dijo...

gracias...


y perdona que hasta ahora te conteste, pero andaba en otros menesteres, celebro, que hayas captado una de las desventuras del pobre diablo...

un placer, y si gustas, puedes seguirnos en el foro mismo